Recibe Amor

· Duelo · Familia

Un año sin ti, abuelita.

Quizás el amor también se hereda en una receta, un partido de fútbol y una mesa compartida.

Hoy escribo el día de tu cumpleaños.

Y también cuando ya ha pasado un año desde que te fuiste, abuelita.

Estamos en pleno Mundial de Fútbol. Este domingo se juega la final y no puedo evitar pensar que todos los mundiales de mi vida los vi contigo.

Pelé. Maradona. Nene Cubillas. Los nombres de los jugadores formaban parte de nuestras conversaciones cuando yo apenas tenía ocho años.

Mi esposo, que es español, está a punto de vivir la emoción de ver a su selección disputar otro campeonato del mundo.

Para él será una final.

Para mí también será un reencuentro.

Porque el fútbol nunca fue solo un deporte para nuestra familia.

Fue unidad.

Fue identidad.

Fue reunirnos todos frente al televisor, discutir cada jugada y celebrar cada gol como si el país entero estuviera sentado en nuestra sala.

Y este domingo, mientras ruede el balón, yo también volveré a encontrarte un poquito a ti.

Y solo ahora entiendo que las tradiciones son una de las maneras que tiene el amor de sobrevivir al tiempo.

Hoy hago todo lo posible para que mi hijo también lo viva. Para que algún día recuerde estos partidos con la misma nostalgia con la que yo hoy te recuerdo a ti.

Porque, si soy honesta, creo que mi despedida de ti no empezó el día que te fuiste.

Empezó mucho antes.

Cuando murió mamá.

Ella era el puente que nos unía.

Después de eso empezaste a apagarte lentamente.

Hay pérdidas que llegan de golpe.

Y otras que nos enseñan a despedirnos poco a poco.

La tuya fue así.

Con cada visita en la que te encontraba un poco más cansada.

Con cada llamada en la que ya no seguías del todo la conversación.

A veces me mirabas y, con una sonrisa, volvías a decirme “cara de torta”, como cuando era niña.

Y yo entendía que, aunque algunas cosas comenzaban a borrarse, había recuerdos que seguían viviendo muy dentro de ti.

Con cada abrazo en el que entendía que el tiempo ya estaba haciendo su trabajo.

También cambió mi forma de volver a Lima.

La ciudad sigue ahí.

Las calles también.

Pero las personas que la convertían en hogar comenzaron a faltar.

Y entonces descubrí que uno no extraña solamente un país.

Extraña la versión de mí que existía cuando quienes amaba todavía estaban allí.

Ayer falleció tu mejor amiga Bety.

Su hija me preguntó cómo se aprende a vivir después de perder a una mamá.

“Tú ya pasaste por esto. Es un dolor que no puedo describir.”

No supe qué responderle.

Y, con Bety, sentí que también se iba una de las últimas mujeres que todavía tenían un lugar maternal en mi vida después de perderte a ti y a mamá.

Por un momento pensé que, poco a poco, todas se irán.

Las amigas de mamá.

Tus amigas.

Las mujeres que conocieron nuestra historia desde el principio.

Las que todavía podían contarme anécdotas de ustedes que yo nunca escuché.

Las que, de alguna manera, seguían sosteniendo un pedacito de mi infancia.

Entonces apareció una pregunta que nunca antes me había hecho.

Si un día ellas también se van...

¿Dónde busco a mamá?

¿En quién vuelvo a encontrar una historia sobre ella que yo no conozca?

¿Quién me contará cómo era antes de que yo existiera?

¿Quién recordará la niña que fui?

Y entendí que cada despedida también se lleva una biblioteca entera de recuerdos.

Historias que solo existían en la memoria de quienes las vivieron.

Por eso duele tanto cuando una generación comienza a partir.

Porque no solo despedimos personas.

También despedimos los últimos testigos de quienes más amamos. A las personas que todavía podían devolvernos un pedacito de ellas.

Quizás por eso sentí tanta urgencia de escribirte hoy, el día de tu cumpleaños, cuando ya ha pasado un año desde tu partida.

Porque no quiero que el tiempo también se lleve la mujer que fuiste.

Quiero que mis hijos sepan que hubo una mujer peruana que amaba el fútbol.

Que cada Mundial era una excusa para reunir a la familia.

Y que, sin proponérselo, convirtió esos pequeños rituales en recuerdos que todavía nos siguen reuniendo.

Tú no eras la gran cocinera de la familia.

De hecho, solo recuerdo un plato que preparabas.

El aguadito.

Y lo hacías una sola vez al año.

Cada 26 de diciembre, el día del cumpleaños de mamá, con las sobras de la cena de Navidad.

Para mí era el plato más delicioso del mundo.

A veces me pregunto si realmente era tan rico.

O si lo que extraño no es el sabor, sino tus manos preparándolo.

La olla en la cocina.

El olor llenando la casa.

La familia todavía cansada de la celebración del día anterior.

Y tú convirtiendo las sobras en algo que esperábamos todo el año.

Ahora tampoco soy una gran cocinera.

Y cada vez que la señora peruana que trabaja en mi casa me sirve aguadito, pienso en ti.

Lo pruebo y me pregunto si debería aprender todos sus secretos.

Anotar cada ingrediente.

Medir cada cantidad.

Mirar con atención cómo lo prepara.

Porque quizás hay recetas que no se conservan por lo extraordinarias que son.

Se conservan porque contienen a una persona.

Porque un día dejan de ser solo comida y se convierten en una forma de volver.

Quisiera aprender tu aguadito.

Servírselo a mis hijos.

Contarles que su bisabuela no cocinaba muchos platos, pero que había uno que sabía a familia.

Y que durante muchos años, sus manos convertían lo que había quedado en una de las comidas más esperadas de mi infancia.

Quizás esa sea otra forma de mantenerte aquí.

No solamente recordando tus historias.

También repitiendo los pequeños gestos con los que llenabas nuestra vida.

Durante mucho tiempo pensé que las personas seguían vivas mientras alguien las recordara.

Hoy creo que también siguen vivas cada vez que repetimos aquello que ellas nos enseñaron.

Cada vez que mi familia vuelva a reunirse para ver un Mundial.

Cada vez que tu receta pase de mis manos a las de mis hijos.

Cada vez que vuelva a contar tus historias.

Quizás por eso quiero aprender tu aguadito.

Es una forma de decirles a mis hijos:

“Así sabía su bisabuela.”

Quiero que sepan que hubo una mujer peruana que amaba el fútbol con toda el alma.

Que esperaba los Mundiales con la ilusión de una niña.

Que convertía lo que había quedado de la celebración en el almuerzo más esperado del año.

Y que, sin proponérselo, me enseñó que el amor también puede heredarse.

Hoy entiendo que esa es la herencia más valiosa que me dejaste no fue el local industrial que heredé de ti.

Ni tu anillo de compromiso, que hoy conservo.

Sino la capacidad de reunir a una familia.

De convertir una receta en un recuerdo.

Y un recuerdo en un hogar.

Este domingo volverá a rodar un balón.

Y, por primera vez, tendré que ver un Mundial sin ti.

Pero sé que, cada vez que una familia vuelva a reunirse frente a un partido, cada vez que alguien prepare un aguadito con las sobras de un banquete, habrá una parte de ti que seguirá sentándose a la mesa con nosotros.

Feliz cumpleaños, abuelita.

Gracias por enseñarme que el hogar no siempre es un lugar.

A veces también puede ser una mesa, una olla de aguadito... y un Mundial visto en familia.

Karinna

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