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· Duelo

Tres años sin Roma

La vida siguió, pero nunca dejé de imaginarte en ella.

11 de agosto de 2022.

El día que escuché que iba a perderte.

Hasta ese momento, ni siquiera se me había pasado por la cabeza que eso fuera posible.

Recuerdo estar sentada en la sala de espera de la doctora con una sensación extraña en el cuerpo. Como si algo no estuviera bien.

Abrí el teléfono y, no sé por qué, terminé leyendo algo sobre el Lion’s Gate. Hablaba de ciclos, de finales, de dejar ir.

No sé por qué lo recuerdo.

Quizás porque minutos después entré al consultorio y escuché las palabras que cambiarían mi vida:

Iba a perderte.

Tu papá estaba de viaje.

Y yo acababa de mudarme.

No conocía a mis vecinas. No tenía todavía esa amiga a la que podía tocarle la puerta. No tenía una tribu cerca.

Y hacía apenas un mes había perdido a mi mamá.

A raíz de su muerte también me había alejado de algunas amistades. Estaba atravesando un dolor que ni siquiera sabía explicar.

Y de pronto me encontré completamente sola.

Sola en un departamento.

Con un bebé de un año y medio.

Y perdiendo a otro bebé.

Recuerdo recoger a tu hermano de la escuela. Ir y venir. Intentar cuidarlo mientras mi propio cuerpo atravesaba una pérdida que yo todavía no podía comprender.

Ese día incluso le pedí a la señora que trabajaba conmigo que se quedara un poco más.

No quiso.

Se fue exactamente a su hora.

Hoy tengo nanas que se han convertido en familia. Mujeres que sé que se quedarían conmigo si un día el mundo se me volviera a caer encima.

Pero aquel día no las tenía.

Cuando la puerta se cerró, quedamos César y yo entre cuatro paredes.

Yo llorando.

Él demasiado pequeño para entender por qué su mamá no podía dejar de llorar.

Y yo sin poder sostenerlo porque apenas podía sostenerme a mí misma.

Después vino todo lo demás.

El dolor físico.El hospital por tantos dias.Los cuidados intensivos.La transfusión de sangre.

Mi cuerpo sufrió muchísimo.

Pero cuando miro hacia atrás, hay algo que todavía recuerdo casi con la misma intensidad:

no tener a quién recurrir.

No tener una mujer a quien llamar y decirle:

Ven. No sé qué hacer. No quiero estar sola.

Quizás por eso hoy entiendo de otra manera lo que significa tener una tribu.

Porque hay dolores que una puede atravesar sola.

Pero no debería tener que hacerlo.

En aquellos días encontré mi propia manera de despedirme de ti.

Escribí.

Compré un macetero rectangular que me pareció hermoso y planté unas flores para ti.

Ya ni siquiera recuerdo qué enterré en aquella tierra.

Pero sí recuerdo perfectamente la sensación.

Sentía que me estaba despidiendo de ti.

Después te escribí una carta.

Y me despedí de Roma.

De ti.

Años después, una amiga que también había perdido un bebé me regaló algo que nunca olvidé.

Era un pequeño ritual de despedida: velitas, infusiones, cosas pensadas para acompañar a una mujer después de perder a su bebé.

A ella se lo había regalado otra mujer cuando atravesó su propia pérdida.

Y decidió pasármelo a mí.

Cuando llegó, habían pasado casi dos años.

Yo ya estaba embarazada de Kiara.

No pude ni abrirlo.

Sentía que pertenecía a un lugar al que me daba demasiado miedo regresar.

Pero recuerdo pensar:

qué hermoso habría sido recibir algo así aquel 11 de agosto.

Que alguien hubiera entendido que yo no necesitaba explicaciones.

Necesitaba compañía.

Porque por mucho que las personas que nos quieren intenten acompañarnos, hay dolores que reconocemos de una manera distinta cuando los hemos vivido en nuestro propio cuerpo.

Por aquella época, dos mamás de la guardería de César se habían quedado embarazadas casi al mismo tiempo que yo.

Me caían muy bien.

Yo estaba emocionada porque nuestros bebés crecerían juntos.

Pero ellas tuvieron a sus niñas.

Y yo te perdí a ti.

Después de eso comenzaron a invitarme y yo siempre encontraba alguna manera de no ir.

Durante mucho tiempo las evité.

No porque no quisiera verlas.

Sino porque verlas con sus bebés me recordaba demasiado a la bebé que yo no tenía en mis brazos.

Pero vivimos cerca.

Así que fue inevitable ver crecer a esas niñas.

Primero bebés.

Después caminando.

Después hablando.

Y este año cumplieron tres.

Fui a sus cumpleaños.

Las miré correr, jugar, soplar sus velitas.

Y aunque han pasado los años y aunque hoy puedo estar ahí y sonreír y quererlas, hubo una parte de mí que volvió a hacer la misma pregunta:

¿Cómo serías tú ahora, Roma?

La vida siguió. Tu hermano creció. Llegó tu hermana. Volví a tener amigas. Volví a soñar. Y aun así, hay momentos en los que miro nuestra vida y puedo imaginar exactamente el lugar en el que estarías tú.

Quizás correrías con ellas.

Quizás te llevarías poquito con tu hermano.

Quizás estarías empezando la escuela grande.

Quizás yo estaría comprando dos vestidos, peinando a dos niñas, escuchando dos voces llamarme mamá.

Nunca lo sabré.

Y creo que esa es una de las partes más extrañas de perder un bebé.

No lloras solamente la vida que existió.

También lloras, de vez en cuando, todas las vidas que imaginaste a su lado.

Y entonces miro a Kiara.

Mi segunda hija.

La niña que llegó después.

Y pienso en una de esas coincidencias de la vida que todavía me cuesta explicar.

Kiara nació exactamente el mismo mes en el que tú habrías nacido.

Solo que dos años después, en el 2025.

Y de alguna manera, el círculo volvió a cerrarse.

No porque ella haya venido a reemplazarte.

Jamás.

Las cosas que compré para ti siguen guardadas.

Bajo llave.

Siguen ahí.

Como tú.

Porque hay hijos que crecen delante de nuestros ojos.

Y hay otros que crecen dentro de nuestra memoria.

El 11 de agosto no era tu fecha de parto.

Ni siquiera sé exactamente qué día habrías nacido.

Por eso nunca he sabido qué fecha elegir para recordarte.

Pero sí sé cuándo te fuiste.

Y esa fecha quedó grabada en mí.

Algunos años me ha tocado vivirla desde un avión, mirando las nubes y sintiendo, por alguna razón, que estabas un poquito más cerca.

Este año me tocó llevar a tu hermano a kinder.

Lo vi entrar tan grande.

Y alrededor suyo vi hermanitos pequeños acompañándolos.

Y pensé en ti.

Pensé que tú también podrías haber estado ahí.

Creo que siempre me vas a hacer falta, mi chiquitina.

Incluso soñé tu nombre.

Roma.

Y cuando llegó tu hermana supe que no podía llamarla así.

Porque Roma eras tú.

Ese nombre ya tenía una historia.

La nuestra.

Entonces me permití volver a soñar.

Con otra niña.

Con otro nombre.

Con otra historia.

Y llegó Kiara.

Quizás sanar nunca significó dejar de extrañarte.

Quizás significó aprender que podía volver a amar una vida nueva sin borrar la tuya.

Que podía volver a acercarme a aquellas mujeres.

Que podía mirar a sus hijas crecer.

Que podía convertirme en mamá de una niña.

Que podía construir la tribu que aquel día no tuve.

Y que podía volver a soñar.

Hoy tengo mujeres a quienes llamar.

Mujeres que entienden.

Mujeres que se quedan.

Y quizás por eso, cuando alguna mujer atraviesa una pérdida, pienso inevitablemente en aquella versión de mí misma encerrada entre cuatro paredes.

Quisiera poder volver a ese departamento.

Sentarme a su lado.

Cargar en brazos a César un rato.

Encender una vela por Roma.

Y decirle:

No vas a estar así de sola para siempre.

Algún día volverás a tener una tribu.

Algún día volverás a entrar en una habitación preparada para una niña.

Algún día volverás a pronunciar el nombre de otra niña con ilusión.

Pero nunca dejarás de pronunciar el suyo.

Roma eras tú.

Te tuve conmigo muy poquito tiempo.

Pero voy a llevarte conmigo toda la vida.

Karinna

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