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· Voz

Mi voz, mi nuevo poder

Hay historias que escribimos con palabras. Y hay otras que nuestra voz lleva años intentando contar.

Hace unas semanas publiqué el primer episodio de mi podcast.

Dos días después abrí mi teléfono.

“Qué paz transmite tu voz.”

Recuerdo haber pensado: "¿Mi voz?"

Me sorprendió.

Llevaba años pensando en mis palabras.

En cómo escribir una mejor carta.

En cómo encontrar la frase correcta.

Pero casi nunca había pensado en mi voz.

Y, sin embargo, todas ellas parecían haber descubierto algo que yo todavía no veía.

Y, curiosamente, mientras terminaba de escribir esta carta, ocurrió algo que no esperaba.

Asistí a un encuentro por el solsticio organizado por mi querida Mada, llamado Jardín de Venus.

El tema de la tarde era, precisamente, la voz.

No esperaba pasar una tarde hablando sobre la voz... justo cuando llevaba días escribiendo sobre la mía.

En un momento alguien dijo algo que me dejó completamente en silencio.

Que una voz viva tiene musicalidad.

Que no solo transmite palabras.

Transmite presencia.

Respira.

Tiene pausas.

Tiene ritmo.

Tiene variaciones de tono.

Y que, muchas veces, esa musicalidad habla de cómo está nuestro cuerpo incluso antes de que podamos ponerlo en palabras.

Solo después supe que esa musicalidad tenía un nombre.

Prosodia.

No fue la palabra lo que más me impactó.

Fue darme cuenta de que llevaba días escribiendo sobre mi voz y, aun así, todavía me faltaba comprender una parte esencial de ella.

Sentí que una mujer acababa de entregarme una llave para releer mi propia historia.

Y pensé que, una vez más, había sido otra mujer quien me ayudaba a encontrar una pieza de mí que todavía no veía.

Porque, de repente, empecé a mirar mi propia historia desde otro lugar.

Pensé en las épocas en las que mi voz ya no sonaba como yo.

Se había vuelto más pequeña.

Más aguda.

Más entrecortada.

Como si mi cuerpo estuviera intentando protegerse incluso a través de ella.

Pensé en los años en los que casi desapareció.

Y en el día en que salió de mí con una fuerza que jamás había conocido.

Hasta ese momento siempre había pensado que eran episodios aislados.

Hoy creo que no.

Hoy creo que mi voz llevaba años intentando decirme cómo estaba.

Mi diario guardaba lo que pensaba.

Mi voz guardaba lo que estaba viviendo.

Hasta ese momento pensaba que mi voz servía para hablar.

No sabía que también podía abrir un cuerpo.

Mi primer hijo nació en casa.

Sin anestesia.

Sin medicamentos.

Meses antes había conocido a Éster Santiago, de La Voz de la Maternidad.

Ella hablaba de una conexión en espejo entre la garganta y el cuello del útero.

Confieso que no la entendí.

Hasta el día del parto.

Mi cuerpo simplemente sabía.

Y entonces empezó a salir de mí un sonido.

Aaaaaaaaaaaaa...

Largo.

Grave.

Profundo.

No anestesió mi cuerpo.

Anestesió mi miedo.

Todavía puedo escucharlo si cierro los ojos.

No era una voz bonita.

Era una voz verdadera.

Descubrí que, para abrir abajo, primero tenía que abrir arriba.

Cada vez que soltaba la garganta...

mi cuerpo también se abría.

El dolor seguía ahí.

Pero ya no luchábamos.

Nunca me había sentido tan acompañada por mi propio cuerpo.

Ese día entendí algo que jamás olvidaría.

Mi voz podía sostenerme.

Mi voz también podía traer vida al mundo.

Aquel día mi voz despertó.

También abrí una puerta.

También descubrí lo profundamente unida que estaba a mi historia.

Desde aquel parto, mi voz nunca volvió a ser la misma.

Había descubierto su poder.

Años después, cuando tuve una pérdida gestacional, me quedé completamente afónica.

No fue la única vez.

Cuando mi voz se apagaba, sentía que algo dentro de mí también se contraía.

Había temporadas en las que me quedaba sin voz.

Y otras en las que podía hablar...

pero ya no sonaba como yo.

Escucho grabaciones de esos años.

Y siento ganas de abrazar a esa mujer.

Su voz era plana.

Entrecortada.

Como si estuviera sosteniendo el llanto en cada frase.

En ese momento pensé que era casualidad.

Hoy creo que no.

Cuando vivimos una amenaza o un estrés profundo, nuestra voz también puede cambiar. Puede perder parte de su ritmo, de su tono, de su musicalidad.

En mi caso, era como si mi cuerpo estuviera contando una historia que yo todavía no sabía poner en palabras.

Hoy creo que mi cuerpo estaba haciendo exactamente lo que necesitaba para sobrevivir.

Y mi voz también.

Porque cuando mi vida se expandía...

mi voz también.

Y cuando mi vida se contraía...

mi voz hacía lo mismo.

Hace poco volví a pensar en un cuento que escuché cientos de veces cuando era niña.

La Sirenita.

Durante años pensé que el gran sacrificio de esa historia era entregar su cola para tener piernas.

Hoy creo que era otro.

Entregó su voz.

Y pensé en todas las veces que hacemos pequeños intercambios parecidos.

No con una bruja.

Con el miedo.

Con las ganas de pertenecer.

Con el deseo de agradar.

Con la necesidad de no incomodar.

No dejamos de hablar.

Solo empezamos a hacerlo un poquito menos.

Un poquito más bajito.

Un poquito más tarde.

Hasta que un día...

dejamos de sonar como nosotras mismas.

No perdemos la voz de un día para otro.

La vamos entregando poco a poco.

Años después entendí que encontrar mi voz no era solo un proceso físico.

También era una decisión.

Y finalmente , durante un proceso con mi mentora Aurora, escribí una frase en mi diario para ponerle intención a ese paso.

“Declaro una comunicación clara, presente y soberana.”

Desde ahi supe hacia dónde quería caminar.

Quería una comunicación más clara y desde mi verdad.

Quizás nunca tuve que aprender a encontrar mi voz.

Quizás lo que necesitaba era aprender a escucharla.

No buscaba una voz que siempre tuviera razón.

Porque una voz soberana no es una voz que habla más fuerte.

Es una voz que ya no necesita esconderse.

Una voz que deja de pedir permiso para existir.

Y, mirando hacia atrás, comprendí que esa declaración no empezó el día que la escribí.

Había empezado mucho antes.

Había empezado el día en que mi cuerpo me enseñó que podía confiar en él para traer una vida al mundo.

Continuó los años en los que mi voz se hizo pequeña mientras yo intentaba sobrevivir.

Siguió creciendo cuando otra mujer, Mada, me regaló una nueva forma de leer mi propia historia al hablar de la musicalidad de la voz.

Me enseñó que una voz viva no solo transmite palabras.

También transmite vida.

También transmite presencia.

Y terminó de tomar forma el día en que apreté el botón de publicar mi podcast.

No porque ese día encontrara mi voz.

Sino porque, por primera vez, dejé de esconderla.

Y entonces comprendí algo que me conmovió profundamente.

Hoy pienso que Dios llevaba años preparándome para este momento.

No para lanzar un podcast.

Sino para reconciliarme con el don que había puesto en mí desde el principio.

Durante años pensé que mi voz era una herramienta para comunicar.

Hoy creo que también ha sido una compañera de camino.

Estuvo conmigo cuando trajo una vida al mundo.

Cuando apenas podía sostenerse.

Cuando volvió a encontrar fuerza.

Y cuando, por fin, dejó de esconderse.

Quizás la tuya también lleva años intentando decirte algo.

Ojalá te regales el tiempo para escucharla.

Desde el Amor,

Kari

P.D. Si quieres acompañarme en esta nueva etapa, te dejo el enlace al podcast.

Karinna

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