Recibe Amor

· Voz

La escritura me salvó

Fue una de las muchas terapias que probé. Y la que mejor me funcionó.

No exagero cuando digo que la escritura me ayudó a no morir de la tristeza.

Recuerdo despertar con tanto dolor, físico y emocional, que abrir los ojos se sentía imposible. No tenía fuerzas ni siquiera para levantar las pestañas. Permanecía unos segundos más, con los ojos cerrados, intentando reunir la energía suficiente para empezar otro día.

Era 2022.

El año en que perdí a mi mamá, perdí a mi bebé y estuve hospitalizada a punto de perder también mi propia vida.

Hay dolores que llegan uno detrás del otro, sin darte tiempo para respirar.

Y llega un momento en el que ya no sabes si estás viviendo o simplemente sobreviviendo.

Desde afuera seguía siendo yo.

Sonreía.

Trabajaba.

Conversaba.

Pero por dentro era otra persona.

Era una mujer que se sentía profundamente sola.

No porque no hubiera personas que me quisieran.

Las había.

Mi familia.

Mis amigos.

Mi fe.

Pero existía un lugar dentro de mí al que nadie podía entrar.

Había preguntas que no sabía cómo hacer.

Dolores que no encontraba cómo explicar.

Y un cansancio del alma para el que todavía no tenía palabras.

Cuando vivimos un duelo tras otro, a veces no tenemos tiempo ni de entender lo que acabamos de perder. La siguiente pérdida llega antes de haber llorado la anterior.

Escribir fue el lugar donde, por fin, pude detenerme a sentir.

Fue entonces cuando comenzó mi búsqueda.

Probé muchas maneras de sanar.

Recé. Fui a terapia. Bailé. Leí. Aprendí a respirar de nuevo. Probé distintas formas de sanar. Cada una sostuvo una parte distinta de mí.

Probé terapias para liberar trauma a través del cuerpo.

Cada una me sostuvo de una manera distinta.

Y estoy profundamente agradecida por todas.

Pero hubo una práctica que apareció casi por accidente.

La escritura.

Y terminó cambiando mi vida.

No empecé a escribir porque quisiera convertirme en escritora.

Ni porque soñara con publicar cartas.

Empecé porque ya no sabía dónde poner tanto dolor.

Necesitaba un lugar donde descansar todo aquello que llevaba dentro.

Compré un cuaderno negro de tapa dura. De esos sencillos, que cuestan apenas un par de dólares.

Durante todo el 2023 escribí una página cada día.

Nadie leyó esas páginas.

Ni siquiera yo imaginaba que algún día terminarían dando origen a RecibeAmor.

Escribía.

Lloraba.

Volvía a escribir.

Y, sin darme cuenta, cada página hacía un poco más liviano el peso que llevaba en el pecho.

La tristeza seguía ahí.

Mis pérdidas seguían siendo reales.

Nada de eso desapareció.

Pero escribir consiguió algo que ninguna otra terapia había logrado de la misma manera.

Me hizo compañía.

Las palabras me obligaban a detenerme.

A escucharme.

A nombrar aquello que hasta entonces solo había sido un nudo en el pecho.

Y un día entendí algo que todavía hoy me emociona.

Escribir fue la primera vez que dejé de abandonarme.

En 2023, durante mi proceso de recuperación física y hormonal, le conté a Virginia, mi coach de salud hormonal, que había una práctica de la que me estaba enamorando.

Escribir.

Sonrió y me dijo algo que nunca olvidé:

“Te sorprendería la cantidad de personas que encuentran una profunda sanación escribiendo.”

Hasta ese momento yo pensaba que escribir solo me estaba ayudando a mí.

Esa conversación me hizo comprender que quizás no era una rareza.

Que las palabras podían convertirse en refugio para muchas personas.

Y así fue. Lo que había comenzado como un refugio terminó convirtiéndose en un puente.

La primera carta que compartí llegó recién en febrero de 2025.

Durante casi dos años escribí únicamente para sobrevivir.

Con el tiempo, aquellas páginas que escribía únicamente para sobrevivir comenzaron a llegar a otras mujeres.

Y ellas empezaron a responderme.

“Pensé que era la única que se sentía así.”

Cada mensaje me confirmaba lo mismo.

La escritura no solo había acompañado mi soledad. También estaba rompiendo la de otras mujeres.

Quizás por eso tantas personas me preguntan cómo nacen mis cartas.

Creen que empiezan cuando me siento frente al computador.

Pero no.

Las cartas nacen mucho antes.

Nacen el día en que una mujer tiene el valor de decirse la verdad.

Aunque nadie más la lea.

Aunque nunca publique esas palabras.

Aunque el único corazón que alcancen sea el tuyo.

Porque no todas las páginas están hechas para compartirse.

Algunas existen únicamente para sostener a quien las escribe.

Hoy miro hacia atrás y entiendo que escribir nunca fue solo una forma de ordenar mis pensamientos.

Fue una forma de volver a elegir la vida.

Hoy entiendo que nunca empecé a escribir porque quería convertirme en escritora. Empecé a escribir porque necesitaba sobrevivir.

Y, sin buscarlo, aquellas páginas que un día me ayudaron a seguir viviendo terminaron encontrando el camino hacia la vida de otras mujeres.

Esta semana decidí abrir esa parte de mi historia contigo.

En el episodio de esta semana decidí contar una historia que durante mucho tiempo solo había vivido en silencio.

No es solo la historia de cómo nacen mis cartas.

Es la historia de cómo ellas, primero, me encontraron a mí

Desde el Amor,

Kari

P.D. Si alguna vez has sentido que llevas demasiado tiempo sosteniendo el dolor en silencio, prueba algo muy simple. Toma una hoja. Escribe una sola página. No para hacerlo perfecto. No para publicarlo. Solo para escucharte. A veces, ahí comienza el camino de regreso a una misma.

Karinna

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