· Cuerpo
La vi peinándome
La meditación que nunca imaginé vivir.

La noche anterior le había pedido su bendición.
Esa mañana lancé el podcast.
El proyecto que durante el último año había vivido primero en cartas.
Y esa tarde fui a una sesión de breathwork aquí en Panamá.
Cuando vi que la fecha era el 6 de junio, sentí que era una invitación que no podía ignorar.
Ese día se cumplían cuatro años desde que mi mamá partió.
Lo primero que vi fue a mi mamá.
Yo estaba sentada.
Ella estaba detrás de mí.
Estaba tan cerca que por momentos parecía que me hablaba al oído.
Durante años ella fue la persona a la que quería contarle primero las noticias importantes.
Y allí estaba.
Me sentía sostenida.
Mimada.
Feliz.
Me sentía en casa.
Como cuando era niña y ella me arreglaba para una fiesta.
Como cuando todavía no sabía que algún día la iba a extrañar.
Y entonces comenzó a peinarme.
Lo hacía con una suavidad infinita.
Todo se sentía tan suave.
Fue entonces cuando vi sus manos.
Las reconocí de inmediato.
Eran sus manos.
Las mismas que la artritis había ido transformando con los años.
Pero esta vez se veían distintas.
Más suaves.
Más ligeras.
Como si ya no le doliera.
Y al verla así, algo dentro de mí también descansó.
No era una despedida.
No era una ausencia.
Era una presencia.
Y pensé algo que me hizo llorar.
Porque, de alguna manera, sentí que había venido a acompañarme.
Quizás no me estaba cuidando.
Quizás me estaba preparando.
Quizás me estaba presentando al mundo.
Después apareció el mar.
El mismo mar que guarda sus cenizas.
Y en medio de esa inmensidad, sentí que mi alma y la suya volvían a encontrarse.
Con cada respiración empecé a flotar.
No estaba sola.
Y entonces apareció mi abanico rojo.

Era el mismo abanico que había usado en la sesión de fotos del lanzamiento.
Pero esta vez tenía algo diferente.
De él caían pequeñas chispas de luz.
Y cada persona que pasaba por debajo parecía llevarse un poco de ese brillo.
Y aunque no lo entendí en ese momento, hoy creo que había algo más.
Las quería llevar conmigo.
Porque las cosas más hermosas de la vida nunca se sienten igual cuando se viven solas.
Hasta que compartí el podcast con un grupo de mamás.
Una de ellas me respondió que iba a seguir el proyecto.
Entré a ver su perfil.
Y allí estaba.
El mismo abanico rojo.
Le escribí diciéndole que me parecía una Diosidencia hermosa.
Ella me respondió que también había visto un abanico en una meditación.
Para ella era el símbolo que la acompañaba al salir de su aldea y cruzar el umbral hacia una nueva etapa de su vida y de su arte.
Me quedé en silencio.
Porque yo también había sentido eso.
Una iniciación.
Un umbral.
Una invitación a cruzar.
Dos mujeres que no se conocían viendo el mismo símbolo en momentos distintos.
Me quedé pensando en eso durante días.
En la imagen del abanico.
En las chispas.
En aquella mujer.
En la forma en que dos personas podían encontrarse en un mismo símbolo sin conocerse.
Tal vez el abanico nunca fue solamente un accesorio.
Tal vez era una invitación a confiar.
Y quizás eso es también lo que significa lanzar una voz al mundo.
No solo expresarte.
No solo compartir una historia.
Sino permitir que aquello que encendió algo en ti pueda encender algo en alguien más.
Como el fuego cuando enciende otra llama.
No se divide.
Se multiplica.
— Karinna


