· Cuerpo
Carta a la mujer que vive en su cabeza
El alma encontró el camino mucho antes. El cuerpo solo necesitaba su tiempo.

Hay momentos en los que vivimos tanto en la mente que dejamos de escuchar al cuerpo.
Intentamos entenderlo todo.
Analizarlo todo.
Resolverlo todo desde la cabeza.
Durante mucho tiempo yo también viví así.
La primera vez que volví a sentirme yo misma fue en una clase de baile.
Lo curioso es que durante casi toda mi vida estuve convencida de que no sabía bailar.
Desde pequeña pensé que el ritmo era un talento que habían heredado todas las mujeres de mi familia, menos yo.
Mi abuela.
Mi mamá.
Mi hermana.
Yo era distinta.
Lo mío era escribir.
La gimnasia.
Las coreografías nunca fueron mi fuerte.
Hace unos días mi papá me recordó algo que yo había olvidado.
Me dijo que de niña pasaba horas peinando y vistiendo mis muñecas.
Les organizaba desfiles de moda.
Inventaba pequeñas obras de teatro.
Preparaba el escenario.
Y después llamaba a toda la familia para que se sentara a ver el espectáculo.
“Eras una pequeña productora de espectáculos”, me dijo.
Y sonreí.
Porque quizás nunca dejé de ser esa niña.
Lo curioso es que, cuando el movimiento nacía de mí, siempre encontraba una forma de expresarme.
El problema aparecía cuando tenía que moverme exactamente igual que los demás.
Recuerdo que ese era justamente mi problema cuando hacía nado sincronizado.
Había que repetir exactamente los mismos movimientos.
Yo siempre había sido más de fluir.
Y esa diferencia me costó una clasificación nacional.
Durante años pensé que aquello significaba que no sabía bailar.
Pero había algo curioso.
Cuando nadie me decía cómo moverme, mi cuerpo sí sabía qué hacer.
En las fiestas inventaba mis propios pasos.
Y cuando bailaba salsa, hasta volaba por los aires.
Recuerdo incluso haber ganado un concurso de baile en la inauguración de mi universidad.
Por unos minutos pensé que quería estar en un circo.
Me fascinaba la libertad con la que esos cuerpos parecían moverse.
Después crecí.
Y dejé de bailar.
No fue una decisión.
Simplemente la vida ocupó ese espacio.
Llegó el trabajo.
Los proyectos.
El matrimonio.
La maternidad.
Y, sin darme cuenta, dejé de encontrarme con esa parte de mí.
Hasta que la vida me arrebató a mi hija Roma.
Después de perderla durante el embarazo, una mujer, Nahil, me hizo una recomendación que jamás imaginé escuchar.
Busca el baile árabe.
Confieso que me pareció una idea extraña.
Yo no necesitaba aprender a bailar.
Necesitaba entender qué le estaba pasando a mi cuerpo.
Pero acepté.
No porque creyera que una clase de baile pudiera cambiar mi historia.
Sino porque, cuando una está rota, aprende a abrir la puerta incluso a las ideas que jamás habría imaginado.
Con los años entendí que Nahil no solo me había recomendado una clase de baile.
Me había señalado un camino que yo sola nunca habría imaginado recorrer.
A veces Dios nos sostiene así: a través de otra mujer.
Lo primero que aprendí con mi profesora Kim fue a dibujar una flor de loto con mis manos.
No fue hasta tres años después que descubrí su significado.
El loto no florece lejos del lodo. Florece desde él.
Y algo hizo clic en mí.
Y entonces entendí algo más: el alma y el cuerpo no siempre sanan al mismo ritmo.
El alma entendió mucho antes lo que mi cuerpo tardó años en recordar.
Muchas aprendimos a sobrevivir desconectándonos de nuestro cuerpo.
Pero ese mismo cuerpo nunca dejó de sostenernos.
Cuando volvemos a escucharlo, algo en nosotras empieza a abrirse de nuevo.
Porque el cuerpo también recuerda.
Recuerda lo que la mente intenta olvidar.
Guarda sabiduría.
Guarda memoria.
Y, muchas veces, también guarda el camino de regreso a nosotras.
Con el tiempo dejé de preguntarme si lo estaba haciendo bien.
Y empecé, simplemente, a sentir.
Fue entonces cuando comprendí que el baile nunca había llegado para enseñarme algo nuevo.
Había llegado para devolverme una parte de mí que llevaba años esperándome.

La niña que inventaba espectáculos en la sala de su casa.
La adolescente que prefería fluir antes que repetir los pasos de los demás.
La mujer que un día dejó de confiar en su cuerpo.
Y, poco a poco, también a esa mujer que estaba aprendiendo a volver a él.
Después de perder a mi hija Roma, aprendí que el duelo también pasa por el cuerpo.
Yo había escrito.
Había rezado.
Había llorado.
Todo eso fue necesario.
Pero había una parte de mí que seguía esperando algo distinto.
No una explicación.
Sino un lugar donde volver a sentirse en casa.
Hoy sigo creyendo en las palabras.
Sigo creyendo en la oración.
Ahora también creo que Dios puede hablarnos a través del cuerpo que nos dio.
Y hay historias que mi cuerpo simplemente necesita bailar.
Quizá por eso hoy entiendo que mi cuerpo nunca fue el obstáculo.
Fue la llave que me abrió el camino de regreso a mí.
Desde el Amor,
Kari
P.D. Hay una parte de esta historia que todavía no cabe aquí.
Muy pronto compartiré cómo el baile terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más inesperados de mi duelo en un nuevo episodio de RecibeAmor: Mi baile sanador.
Si deseas acompañarme cuando salga, puedes seguir en Spotify a RecibeAmor aquí.
— Karinna


