Recibe Amor

Soy autónoma y soberana

Mi deseo de pertenecerme sigue creciendo

Esta semana mi teléfono empezó a llenarse de cancelaciones.

Primero fue una profesora de mi hija.

Después cancelaron natación.

Después piano.

Y cuando llegó el cuarto mensaje, otra persona que iba a ayudarme con los niños y que tampoco podía venir, me quedé mirando el teléfono.

Cuatro.

Todas alrededor de mis hijos.

Lo curioso es que mi semana no se había vaciado. Mis reuniones seguían ahí. El trabajo seguía moviéndose.

Eran precisamente las personas que había puesto entre mis hijos y yo para ayudarme a sostener ciertas partes de nuestra vida las que, una detrás de otra, estaban desapareciendo.

Y tuve un pensamiento extraño:

me están quitando los intermediarios.

No sé explicarlo mejor.

No pensé inmediatamente en el equinoccio. Eso vino después.

Yo intento no leer demasiado sobre astrología. Me resisto un poco a entregarle significado a cada luna, cada planeta, cada movimiento del cielo.

Pero también hay Diocidencias difíciles de ignorar.

Un equinoccio es, literalmente, un momento de equilibrio.

La luz y la oscuridad casi duran lo mismo.

Y mientras afuera ocurría ese balance, algo dentro de mí parecía estar buscando el suyo.

Porque he estado demasiado tiempo en un extremo del péndulo.

Buscando cualquier espacio para hacer un poco más.

Una hora que se libera.Una siesta que se alarga.Alguien que puede quedarse con los niños.Un hueco inesperado en el día.

Y enseguida pienso en qué más puedo meter ahí.

Qué puedo adelantar.Qué puedo producir.Qué puedo tachar de la lista.

Como si cada espacio vacío tuviera que ser ocupado.

Y aun así, al final del día, muchas veces no siento satisfacción por todo lo que hice.

Siento frustración por todo lo que no alcancé a hacer.

A veces termino un día lleno sintiendo que fue un día incompleto.

Quizás por eso me llamó tanto la atención que, justo alrededor del equinoccio, empezaran a caerse planes.

Porque mientras yo seguía intentando ganarle horas al día, la vida parecía hacer exactamente lo contrario:

vaciarme espacios.

Quizás volver al centro no significa encontrar una manera más eficiente de hacerlo todo.

Quizás significa dejar de creer que tengo que hacerlo todo.

Y también dejar de creer que todo lo lento está estancado.

Me cuesta esperar.

Creo que durante mucho tiempo la espera se ha sentido para mí como una pérdida de control.

Si estoy haciendo, estoy avanzando.

Si estoy resolviendo, tengo las manos sobre algo.

Si estoy moviendo piezas, siento que puedo influir en lo que viene después.

Pero esperar es distinto.

Esperar me obliga a soltar.

A aceptar que hay cosas que no responden a mi velocidad.

Y mi impulso casi siempre ha sido empujar.

Hacer algo.

Mover algo.

Resolver algo.

Porque hacer me devuelve una sensación de control.

Pero quizás estoy confundiendo control con dirección.

No son lo mismo.

Puedo no controlar el ritmo y seguir sabiendo hacia dónde voy.

Puedo esperar sin estar perdida.

Puedo ir despacio sin estar estancada.

Puedo dejar que algo madure sin abandonar mi visión.

Quizás eso también sea soberanía.

No conseguir que todo se mueva a mi velocidad.

Sino poder permanecer en mi centro cuando no lo hace.

Sostener una visión sin arrancarla de la tierra todos los días para comprobar si ya echó raíces.

Pero también estoy aprendiendo que no toda espera es paciencia.

Hay cosas que necesitan tiempo.

Y hay otras que llevan demasiado tiempo esperando que yo me atreva.

Quizás ahí aparece otra forma de escuchar mi brújula: reconocer cuándo algo necesita paciencia y cuándo necesita urgencia sagrada.

Esa sensación de saber que es momento.

No porque todo esté listo.

No porque tenga todas las respuestas.

Sino porque algo dentro de mí ya lo está.

He esperado muchas veces a sentirme completamente preparada para dar pasos que, en el fondo, sabía que quería dar.

Y quizás ejercer mi soberanía también sea eso:

dejar de pedirle más tiempo a lo que ya está listo dentro de mí.

Mi alma me estaba pidiendo recuperar mi dirección.

Volver a tomar decisiones sobre mis hijos desde mi propia brújula.

Volver a ocupar mi lugar al frente de una visión que nació de mí.

Volver a confiar en mi capacidad de crear.

De resolver.

De abrir caminos.

De sostener una visión incluso cuando todavía no sé exactamente cómo va a materializarse.

Y entonces entendí que no era la primera vez que entregaba mi brújula.

A veces lo había hecho simplemente por querer pertenecer.

Hace poco vi feliz a una amiga que fue muy importante para mí.

Y me removió.

Me costó incluso admitirlo porque yo no quería que le fuera mal.

Entonces tuve que preguntarme qué era exactamente lo que me dolía.

Hubo una época en la que yo quería muchísimo estar cerca de ella.

Acompañarla.

Celebrarla.

Sentirme parte.

Pero había algo en esa amistad que me hacía sentir constantemente un paso afuera.

Me invitó a celebrar su compromiso junto a quienes serían los invitados de su boda.

Después no me invitó a la boda.

A veces se burlaba de mi manera de ser, tan sutilmente que era difícil señalar exactamente qué había pasado.

Y yo seguía intentando acercarme.

Quería estar.

Quería que me quisiera.

Quería ser elegida.

Por eso verla feliz removió algo.

No quería su vida. Creo que todavía me dolía recordar cuánto había querido un lugar en ella.

Durante mucho tiempo pensé que lo doloroso había sido que ella me dejara afuera.

Ahora pienso que quizás hubo algo todavía más doloroso:

todas las veces que yo estuve dispuesta a alejarme de mí para intentar que alguien más me dejara entrar.

Qué fácil es entregar nuestra brújula cuando queremos pertenecer.

Cambiar un poquito la manera en que hablamos.

Bajar un poquito la voz.

Preguntarnos si somos demasiado.

Reírnos de algo que en realidad nos dolió.

Quedarnos un poco más de lo que queríamos quedarnos.

Todo para no perder un lugar.

Hoy quiero otra cosa.

Quiero rodearme de personas que me quieran bien.

Personas con las que no tenga que preguntarme constantemente cuál es mi lugar.

Estoy entendiendo algo que me hubiera gustado saber mucho antes:

pertenecer no debería costarme pertenecerme.

Quizás por eso esta necesidad de volver a mi propia brújula está apareciendo en tantos lugares al mismo tiempo.

En mis amistades.

En mi maternidad.

En mi trabajo.

En lo que estoy construyendo.

He pasado mucho tiempo buscando afuera.

mujeres que sepan más.

voces que validaran si lo que estaba pensando tenía sentido.

Y no creo que haya nada malo en eso.Necesitamos equipo.Necesitamos comunidad.

Pero hay una diferencia enorme entre recibir ayuda y entregar mi brújula.

Puedo construir con otra persona sin abandonar mi visión.

Puedo pedir consejo y seguir siendo yo quien decide.

Puedo reconocer la autoridad de otros sin entregar la autoridad sobre mí.

Puedo recibir.

Y seguir siendo soberana.

Porque cuando miro hacia atrás, hay algo que no puedo negar:

he creado mucho.

He llegado a lugares que alguna vez no sabía cómo alcanzar.

He encontrado oportunidades que no estaban en ningún plan.

He resuelto situaciones que parecían no tener salida.

He empezado de nuevo.

Me he reinventado.

He hecho aparecer cosas donde antes no había nada.

Últimamente pienso mucho en la creación.

En esa capacidad casi misteriosa de mirar un espacio donde todavía no existe nada y poder ver algo.

Una empresa.

Una comunidad.

Una oportunidad.

Un camino.

Una vida que todavía no existe, pero que de alguna manera ya puedes imaginar.

La primera página de la Biblia comienza justamente ahí.

En el vacío.

Antes de que existiera la luz, hubo oscuridad.

Y entonces Dios creó.

De la nada, creación.

Quizás por eso crear siempre ha requerido una cierta forma de fe.

Porque crear es moverte cuando todavía no tienes todas las pruebas.

Es sostener algo que primero existe solamente dentro de ti.

Es mirar un espacio vacío y atreverte a decir:

aquí puede haber algo.

Y quizás esa ha sido una de mis medicinas desde siempre.

Crear.

Hacer aparecer.

Conectar puntos que parecían no tener relación.

Encontrar una posibilidad donde otros todavía ven un espacio vacío.

Durante mucho tiempo pensé que quizás había tenido suerte.

Que había sido el trabajo.

El lugar.

La gente.

El momento.

Los contactos.

Pero últimamente me estoy haciendo una pregunta diferente:

¿Y si era yo?

¿Y si eso que funcionó antes no desapareció cuando terminó una etapa de mi vida?

¿Y si la capacidad de crear que tuve entonces sigue viviendo dentro de mí?

Porque puedo dejar un trabajo.

Puedo cambiar de país.

Puede caerse un plan.

Pero hay algo que se viene conmigo.

Yo.

A veces pienso en quién sería si hubiera nacido en otra época.

Si viviera en una aldea sin internet, sin Instagram, sin podcast, sin audiencia.

¿Quién sería?

Creo que haría exactamente lo mismo.

Quizás no sería la mujer que sale a cazar para alimentar a sus hijos.

Sería la mujer alrededor de la cual otras mujeres se sientan.

La que escucha.

La que pone palabras a algo que otra todavía no sabe nombrar.

La que reúne.

La que pregunta.

La que recuerda a otra mujer algo que había olvidado de sí misma.

Quizás seguiría invirtiendo una parte enorme de mi vida en cosas que no se pueden tocar.

Una conversación.

Una idea.

Una conexión entre dos personas.

La sensación de que alguien te vio de verdad.

Cosas intangibles que, sin embargo, pueden cambiar el rumbo de una vida.

Cambiarían las herramientas.

Pero no cambiaría mi naturaleza.

Y eso me hace pensar que quizás el propósito no siempre es algo que tenemos que encontrar.

Quizás es algo que llevamos tanto tiempo haciendo que dejamos de verlo.

Hoy quiero construir desde ahí.

Quiero dirigir.

Quiero sostener la visión.

Quiero convertir una idea en un movimiento, crear oportunidades y abrir caminos de expansión.

Quiero que mi medicina también pueda circular.

Que pueda entrar dinero y también salir dinero para construir algo más grande.

Porque lo espiritual y lo material no tienen por qué vivir en habitaciones separadas.

Una medicina también puede convertirse en un servicio.

Tal vez mi vida nunca se parezca a esa versión ordenada del éxito en la que una cosa lleva perfectamente a la siguiente.

La mía nunca ha funcionado así.

Aparecen personas.

Se abren puertas.

Algo que parecía un problema termina llevándome a otro lugar.

Y cuando no existe el camino que necesito, muchas veces termino inventándolo.

Durante años he confiado en mi capacidad de resolver para otros.

Ahora quiero confiar en ella para mí.

No confío en que todo vaya a salir según mi plan.

Confío en mi capacidad de encontrar una manera.

Porque quizás mi seguridad nunca estuvo en saber exactamente qué iba a pasar.

Mi seguridad estaba en saber que, cuando algo pasara, yo encontraría una manera.

Eso también es autonomía.

No controlar el futuro.

Sino confiar en la mujer que va a encontrarse con él.

Y hay algo más.

Ser soberana no significa ser autosuficiente.

No quiero vivir pensando que no necesito a nadie.

Todo lo contrario.

Cada vez creo más profundamente en la comunidad.

Quiero personas cerca.

Quiero equipo.

Quiero amigas.

Quiero mujeres con medicinas distintas a la mía.

Quiero recibir ayuda.

Pero ya no quiero pertenecer a costa de pertenecerme.

No quiero hacerme pequeña para conservar un lugar.

No quiero entregar mi brújula para sentirme acompañada.

Quiero personas que puedan caminar a mi lado sin necesitar que ninguna de las dos desaparezca.

Personas que me tengan estima.

Que me quieran bien.

Que puedan verme ocupar espacio.

Y que yo también pueda verlas ocupar el suyo.

Quizás esa sea una de las formas más adultas de pertenecer:

estar con otros sin abandonarte a ti.

Estos días pensé que se me estaban cayendo estructuras.

Ahora no estoy tan segura.

Quizás simplemente estoy reconociendo cuál es la estructura que permanece cuando todo lo demás se mueve.

Mi criterio.

Mi capacidad de crear.

Mi voz.

Mi brújula.

Mi fe.

Yo.

Puedo recibir amor sin entregar mi poder.

Puedo pedir ayuda sin pedir permiso para ser quien soy.

Y puedo dejar un espacio vacío sin correr inmediatamente a llenarlo.

Porque quizás el equilibrio que estaba buscando no consistía en aprender a sostener más.

Sino en recordar quién sostiene la brújula.

Soy autónoma.

Tengo la libertad de decidir.

Soy soberana.

Tengo la autoridad para gobernarme.

La brújula está en mis manos.

— Karinna

Leerla y comentarla en Substack

Si una carta te nombró, la próxima te llega a ti.

Una carta cada viernes, gratis. Llega por Substack, que te pedirá confirmar tu correo.

Sigue leyendo

Todas las cartas

Sigue leyendo