Mientras haya vida, todavía hay tiempo
Darme tiempo de gracia para la mujer en la que me estoy convirtiendo

Querida hermana,
Esta mañana miré el calendario y pensé: se me acabó el año.
Ayer empezó octubre.
Aquí en Panamá noviembre está lleno de días festivos y diciembre siempre parece escaparse entre celebraciones, viajes y despedidas.
Así que mi cabeza hizo una cuenta un poco absurda:
Me queda un mes.
Y casi inmediatamente pensé:
Tengo que lanzar algo.
Pensé en proyectos.
En ideas.
En todo lo que todavía quería hacer este año.
Como si tuviera treinta días para recuperar el tiempo.
Como si todo lo que todavía no había hecho tuviera que suceder ahora.
Hasta que me di cuenta de algo.
No estaba haciendo planes.
Estaba corriendo.
Este año he recibido varios baldes de agua fría.
Un fraude enorme.
Una enfermedad en mi familia.
Un vínculo con una mujer que amo, que pensé que finalmente estaba sanando y volvió a doler.
Noticias que cambiaron planes que yo creía seguros.
Y quizás ha sido la enfermedad la que más me ha obligado a mirar el tiempo de otra manera.
Porque cuando la enfermedad toca de cerca, el calendario cambia.
Desde 2022, cuando fui yo quien estuvo muy enferma, no había vuelto a sentirla tan cerca.
Esta vez no está ocurriendo en mi cuerpo.
Pero cuando le ocurre a alguien que amas, algo dentro de ti también se detiene.
Dejas de contar el tiempo solamente en meses, proyectos y cosas por hacer.
Empiezas a contarlo también en llamadas.
En conversaciones.
En momentos compartidos.
En la posibilidad de seguir estando.
Y quizás por eso estoy entendiendo que no todo el tiempo que no usamos para avanzar fue tiempo perdido.
A veces estuvimos haciendo algo mucho más importante:
Quizás también estaba viviendo mientras sobrevivía.
Y ha habido temporadas en las que avanzar no ha significado construir algo nuevo.
Ha significado sostener lo que ya tenía.
Estar para mi familia.
Resolver lo urgente.
Atravesar la incertidumbre.
Seguir funcionando mientras por dentro intentaba entender qué estaba pasando.
Quizás por eso, cuando las aguas se calman un poco, mi primera reacción es querer recuperar el tiempo.
Producir.
Resolver.
Avanzar.
Como si después de sobrevivir tuviera que levantarme inmediatamente y correr.
Pero quizás no tengo que recuperar ningún tiempo.
Quizás también estaba viviendo mientras sobrevivía.
Y hay algo que me cuesta admitir:
esta nueva etapa me da miedo.
Porque me está pidiendo desarrollar músculos que durante mucho tiempo no necesité usar.
Hay cosas que antes podía dejar en manos de otros y que ahora quiero aprender a mirar de frente.
Hay nuevas responsabilidades que quiero asumir.
Nuevas partes de mí que todavía estoy conociendo.
Y aunque una parte de mí sabe que puedo hacerlo, otra quisiera saber hacerlo ya.
Quizás eso fue lo que realmente me inquietó cuando miré octubre.
No que estuviera terminando el año.
Sino reconocer que una etapa de mi vida también está terminando.
Y que la siguiente me está pidiendo algo diferente de mí.
Hace poco, Aurora me habló de un tiempo de gracia.
La expresión se me quedó dando vueltas.

Pensé en lo que ocurre cuando alguien alquila un local para abrir un negocio.
A veces, antes de empezar a pagar el alquiler completo, existe un período de gracia.
Te entregan las llaves.
El compromiso ya empezó.
El lugar ya es tu responsabilidad.
Pero todavía no esperan que funcione a pleno rendimiento.
Porque primero hay que entrar.
Medir.
Mover cosas.
Pintar paredes.
Instalar luces.
Descubrir que aquello que imaginaste de una manera necesita hacerse de otra.
Antes de abrir las puertas hay que preparar el lugar que va a sostener todo lo que viene.
Y pensé:
¿Por qué nos cuesta tanto concedernos ese mismo tiempo?
Tomamos una decisión y queremos despertarnos al día siguiente convertidas en la mujer capaz de sostenerla.
Volvemos a trabajar y esperamos rendir inmediatamente como si nunca hubiéramos parado.
Empezamos un proyecto y queremos que produzca desde el principio.
Decidimos cambiar y nos frustramos cuando nuestros hábitos todavía pertenecen a nuestra versión anterior.
Queremos pasar de cero a cien.
Quizás yo también estaba haciendo eso.
Pero un tiempo de gracia no significa quedarme quieta.
No es una excusa para postergar lo que sé que tengo que hacer.
Ni significa esperar indefinidamente a sentirme preparada.
El tiempo de gracia no es el tiempo que me doy antes de empezar.Es el tiempo que me doy mientras aprendo.
Mientras mis hábitos alcanzan mis decisiones.
Mientras mis días encuentran una nueva forma.
Mientras la mujer que estoy siendo aprende a sostener la vida que está intentando construir.
Porque quizás una puede recibir las llaves antes de saber habitar el lugar.
Y eso no significa que se haya equivocado de puerta.
Significa que acaba de entrar.
También estoy entendiendo que mi tiempo de gracia no es solamente mío.
Cuando una cambia, inevitablemente mueve algo a su alrededor.
Y quizás las personas que nos rodean también necesitan tiempo para encontrarnos en ese nuevo lugar.
Incluso las mujeres que amamos.
Estoy aprendiendo que sanar un vínculo no siempre significa que nunca volverá a doler.
A veces creemos que porque finalmente conseguimos acercarnos, entendernos o perdonarnos, la relación debería saber inmediatamente cómo habitar ese nuevo lugar.
Pero quizás los vínculos también necesitan su propio tiempo de gracia.
Tiempo para aprender una nueva manera de encontrarnos.
Tiempo para equivocarnos sin asumir inmediatamente que todo lo avanzado se perdió.
Tiempo para descubrir si podemos relacionarnos desde quienes somos hoy y no únicamente desde las heridas de quienes fuimos.
Y también, cuando sea necesario, tiempo para aceptar que nuestra transformación no obliga a otra persona a transformarse con nosotras.
No todos tenemos que llegar al mismo lugar al mismo tiempo.
Justo estos días estoy haciendo un reto de escritura llamado Saltos del alma.
Y apareció una pregunta:
¿Qué me está frenando?
Pensé en todas las respuestas posibles.
Hasta que entendí que quizás una de las cosas que me frena es creer que, porque ya sé que tengo que moverme, debería saber inmediatamente cómo hacerlo.
Quizás no me falta determinación.
Quizás estoy aprendiendo.
Y quizás por eso me pareció especialmente bonito escribir esto el día en que se celebra a los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.
Sabes que creo mucho en los ángeles custodios.
En medio de una etapa que todavía no sé exactamente cómo caminar, me gusta pensar que puedo pedir protección, claridad y compañía.
Porque hay transformaciones que requieren acción.
Pero no todas tenemos que atravesarlas solas.
Y entonces pensé en otra imagen que me ha acompañado estos días.
La Harvest Moon.
La Luna de Cosecha.
La luna que mi hijo pequeño, de cinco años, consiguió ver en pleno día y que yo, todavía no pude encontrar.
Que yo no pudiera verla no significaba que no estuviera ahí.
Quizás hay momentos en los que todavía no podemos ver la luz, aunque alguien a nuestro lado ya pueda señalar dónde está.
Durante generaciones, su luz permitió a los agricultores seguir recogiendo después de que se ocultara el sol.
La luna no les regalaba otra temporada.
Les regalaba un poco más de luz dentro de la temporada que ya tenían.
Y pensé:
Quizás eso también sea un tiempo de gracia.
Yo había mirado octubre pensando:
Se me está acabando el tiempo.
Y de pronto podía mirarlo de otra manera:
Todavía hay luz.
Hay temporadas para sembrar.
Hay temporadas para recoger.
Hay temporadas para podar.
Y también hay temporadas en las que una tormenta pasa por encima de todo y lo único que podemos hacer después es salir a mirar qué quedó en pie.
Quizás esta haya sido una de ellas.
Entonces, en lugar de preguntarme cuánto puedo producir antes de que termine el año, quiero hacerme otras preguntas.
¿Qué dio fruto?
¿Qué está listo para recoger?
¿Qué necesita un poco más de tiempo?
¿Qué sobrevivió a la tormenta?
Quizás no necesito sembrar desesperadamente porque siento que el año se acaba.
Quizás necesito aprender a cosechar lo que llevo tiempo sembrando.
Quizás este sea mi tiempo de gracia.
No porque la vida haya dejado de pedirme cosas.
Al contrario.
Siento que me está pidiendo más.
Quiero moverme.
Hacerme responsable.
Construir.
Aprender a habitar esta nueva etapa de mi vida.
Solo que ya no quiero confundir la urgencia con la velocidad.
No tengo que pasar de cero a cien mañana.
Pero tampoco quiero quedarme en cero.
Puedo avanzar aunque todavía no tenga todas las respuestas.
Puedo construir mientras me recalibro.
Puedo convertirme, poco a poco, en la mujer capaz de sostener lo que viene.
Ya tengo las llaves.
Ya entré.
La temporada está avanzando.
Pero todavía hay luz.
Y mientras haya vida,
todavía hay tiempo.
Desde el Amor,
Kari
— Karinna


