Las direcciones del tiempo
Deja de pedirle al presente que resuelva el futuro.

Esta semana cumplí un sueño.
Y, sin embargo, no me sentía como imaginé que me sentiría al cumplirlo.
Por primera vez reuní a un grupo de mujeres alrededor de una mesa para vivir una experiencia de RecibeAmor.
Escribimos.
Compartimos.
Nos escuchamos.
Celebramos también el cumpleaños de Kis, la mujer con la que desde hace unos meses vengo trabajando para darle forma a este proyecto.
Hubo un momento en que las miré a todas escribiendo alrededor de la mesa.
Los papeles.
Los colores.
Las conversaciones.
Algo que durante meses había vivido principalmente en mi cabeza estaba ahí, delante de mí.
Recuerdo pensar:
Esto existe.

Cuando miro las fotos de ese día, parecen contar una historia perfectamente lineal.
Primero fueron las cartas.
Después lancé el podcast.
Luego llegó alguien con quien empezar a construir.
Y ahora había mujeres alrededor de una mesa.
RecibeAmor estaba creciendo.
Expandiéndose.

Saliendo de mí para empezar a convertirse en comunidad.
Todo parecía ir hacia adelante.
Excepto yo.
O, al menos, así se sentía.
Porque mientras las fotografías de mi vida parecían mostrar todas las señales de expansión, por dentro llevaba casi un mes sintiéndome en un lugar completamente distinto.
Dormía poco.
Estaba ansiosa.
Tensa.
Algunos días quería hacerlo todo.
Otros no quería hacer nada.
Había mañanas en las que me despertaba ya cansada.
Me sentía peleada con la vida y ni siquiera sabía exactamente con qué estaba peleando.
Eso era lo que más me desconcertaba.
No había pasado nada malo.
De hecho, estaban pasando cosas muy buenas.
¿Cómo podía estar avanzando tanto y no sentirme avanzando?
¿Cómo podía estar cumpliendo cosas que había soñado y, al mismo tiempo, sentirme perdida dentro de ellas?
Hace apenas unos meses había lanzado mi podcast.
Recuerdo perfectamente a esa versión de mí.
Me sentía en fuego.
Después de años escribiendo, había empezado a utilizar mi voz de otra manera.
Quería crear.
Construir.
Hacer.
Moverme.
Y después vino el bajón.
No pasó nada concreto.
Simplemente se fue la adrenalina de los primeros días.
Y apareció algo mucho menos fotografiable:
la incertidumbre de continuar.
Empecé a preguntarme cuándo volvería a sentirme como antes.
Cuándo recuperaría esa energía.
Cuándo volvería a querer correr.
Quería saber cuándo iba a terminar esta etapa.
No había respuesta.
Y eso era precisamente lo que más me incomodaba.
Durante mucho tiempo imaginé el crecimiento como una línea ascendente.
Una cosa lleva a la otra.
Creas.
Creces.
Te expandes.
Y cada vez te sientes más segura de quién eres y hacia dónde vas.
Pero mi experiencia estaba siendo otra.
Mientras algo afuera nacía, algo dentro de mí parecía estar despidiéndose.
La vieja identidad ya no terminaba de quedarme.
Pero la nueva todavía no tenía forma.
Y empezaron a aparecer preguntas incómodas.
¿Y si todo lo que quería ya no lo quiero?
¿Y si cambio de dirección?
¿Y si no vuelvo a moverme a la velocidad de hace unos meses?
Antes habría interpretado esas preguntas como una señal de que algo estaba mal.
Ahora empiezo a pensar que quizás estaba atravesando un umbral.
Y los umbrales no siempre se sienten expansivos.
A veces se parecen más a un parto.
Algo está naciendo.
Pero algo también está dejando de ser como era.
Mientras RecibeAmor crecía, también empecé a intentar resolver cosas que todavía no habían ocurrido.
Mi cuerpo empezó a sentir el peso de futuros que todavía no existían.
Podía tener una visión.
Podía decidir el siguiente paso.
No tenía que construir hoy respuestas para problemas que todavía no existían.
En medio de todo esto había una situación personal que tampoco sabía cómo resolver.
Una relación familiar con otra mujer que me hacía preguntarme qué hacer.
Acercarme o alejarme.
Abrir una puerta o mantenerla cerrada.
Y, como tantas veces he hecho cuando ya no sé cuál es la respuesta, se lo entregué a Dios.
Le pedí una señal.
Al día siguiente tenía la agenda llena.
Pero se canceló una cita.
Después otra.
Y por primera vez en mucho tiempo decidí no llenar inmediatamente los espacios que habían quedado vacíos.
Terminé yendo al cine.
Elegí una película.
Compré los tickets.
Y cuando llegué a la puerta de la sala, me dijeron que no podía entrar.
Me habían vendido mal las entradas.
—Puedes ir a ver la del Coyote y el Correcaminos —me dijeron.
Me habían cambiado de rumbo.
Literalmente.
No era la película que había elegido.
Ni siquiera era una película que había pensado ver.
Así que entré y pense en irme temprano.
Pero entonces empezaron a aparecer Bunny, Piolín y otros personajes de Looney Tunes.
Y algo en ellos me llevó inmediatamente a mi infancia.
A mi mamá.
Me quedé mirándolos un rato, con esa extraña sensación de encontrarte de pronto con alguien que ya no está en un lugar donde no esperabas encontrarlo.
Así que me quedé.
Y fue justamente en esa película que yo no había elegido donde apareció una escena que se me quedó dando vueltas.
Había un gesto inesperado entre dos personajes que habían pasado toda la historia persiguiéndose.
Sin contar cómo termina, algo en ese momento me hizo pensar en aquella relación.
En la parte de mí que todavía quería amar.
Y en la que recordaba por qué se había alejado.
Quizás podía mostrar amor sin volver a exponerme a aquello que me hiere.
Podía tener un gesto sin decidir hoy qué significaría para nuestra relación mañana.
Y entonces recordé lo que le había pedido a Dios el día anterior.
Había querido una respuesta.
Saber qué hacer.
Saber hacia dónde iba todo aquello.
Pero quizás no necesitaba saber cómo terminaría esa historia.
Podía dejar algunas cosas sin resolver.
Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que llevaba semanas intentando vivir adelantada a mi propia vida.
Quería saber qué iba a pasar con mis proyectos.
Con algunas relaciones.
Conmigo.
Quería saber quién sería cuando esta transición terminara.
Pero había algo más.
Al mismo tiempo que intentaba adelantarme hacia la mujer que sería después de esta etapa, también estaba intentando recuperar a la mujer que había sido unos meses atrás.
La que estaba en fuego.
La que quería hacerlo todo.
Una parte de mí miraba hacia atrás.
La otra miraba hacia adelante.
Y yo estaba en medio.
Quizás por eso me costaba tanto estar aquí.
Intentaba regresar a una versión de mí que quizás ya había cumplido su función, mientras quería conocer cuanto antes a una que todavía no había llegado.
Y en ninguna de esas dos direcciones estaba la mujer que necesitaba mi atención.
La de hoy.
Quizás mi práctica de certeza en este momento no consiste en saber.
Consiste en confiar.
Confiar en mí.
Y confiar en que Dios no necesita mostrarme todo el camino para acompañarme en el siguiente paso.
No controlo el futuro.
Pero confío en la mujer que llegará hasta él.
Hace poco hice una meditación con Nati.
En ella, me invitó a imaginar a la mujer que seré dentro de veinte años.
Y a mirar mi vida de hoy desde sus ojos.
La imagen se quedó conmigo.
Porque yo llevaba semanas intentando llegar hasta esa mujer.
Pero nunca había pensado en preguntarme hacia dónde estaría mirando ella.
¿Qué pasaría si pudiera verme hoy?
Quizás mientras yo intento llegar hasta ella,
ella estaría deseando volver hasta aquí.
Y pensé en mi casa.
No en la casa de mis sueños que estoy construyendo en este momento.
En la de hoy.
En este departamento del que tantas veces digo que ya estoy cansada.
Del que me quiero mudar.
Al que siempre pienso que le hace falta más luz.
Llevo meses imaginando la casa que viene.
Los espacios.
La luz.
La vida que tendremos ahí.
Y, sin darme cuenta, quizás también he empezado a vivir un poco hacia ella.
Entonces pensé en el cuarto de mis hijos.
En sus cosas.
En sus camas todavía pequeñas.
En sus voces.
Y me pregunté si dentro de veinte años no daría cualquier cosa por volver a entrar, aunque fuera por un instante, a ese cuarto exactamente como está hoy.
Por verlos dormir ahí una noche más.
Por escucharlos llamarme desde el otro cuarto con las voces que tienen ahora.
Por encontrarlos así de pequeños una vez más.
Quizás algún día hasta extrañe este departamento del que hoy tengo tantas ganas de irme.
Qué extraño.
Yo queriendo llegar hasta ella.
Y quizás ella queriendo volver hasta mí.
A veces vivimos esperando llegar a nuestra vida.
Cuando termine esta etapa.
Cuando finalmente tengamos una respuesta.
Cuando lleguemos a ese lugar hacia el que llevamos tanto tiempo caminando.
Y mientras miramos hacia lo que viene, hay una vida entera ocurriendo frente a nosotras.
Quizás esta etapa que tanto quiero atravesar sea también una etapa a la que algún día quisiera volver.
Y ese mismo día volvió Aurora.
Ella también estaba atravesando un umbral: su posparto.
Y me hizo una pregunta que se quedó conmigo:
¿Qué estoy pidiéndole a la mujer de hoy que quizás le corresponde sostener a la mujer de mañana?
Quizás llevaba semanas intentando conocer demasiado pronto a la mujer en la que me estoy convirtiendo.
Como si para despedirme de mi vieja identidad necesitara tener perfectamente definida la siguiente.
Pero quizás este es precisamente mi lugar ahora.
Entre una mujer que ya conozco y otra que todavía estoy conociendo.
No necesito decidir hoy quién será ella.
Quizás la mujer de hoy solamente tiene que atravesar hoy.
Y algo empezó a cambiar cuando dejé de exigirme respuestas.
Una noche dormí bien.
A la mañana siguiente me desperté y sentí algo que llevaba semanas sin sentir.
Paz.
No euforia.
No motivación.
No esa versión poderosa de mí que estaba intentando recuperar.
Paz.
Volví un poco a mí.
Y por primera vez pensé que quizás no necesitaba volver a sentirme como antes.
Quizás el objetivo nunca había sido regresar.
No me he olvidado de mis sueños.
Pero tampoco quiero llegar exhausta a mi próxima versión.
Todavía no sé cuánto durará esta transición.
No sé cuándo volverá esa energía.
O si volverá de la misma manera.
No sé qué cosas que hoy quiero seguiré queriendo.
No sé qué forma terminará tomando todo lo que estoy construyendo.
Y cada vez que mi cabeza me pregunta:
¿Cuándo?
¿Qué sigue?
¿Cómo?
Estoy intentando responderle con una palabra:
Confío.
No como una garantía de que todo ocurrirá exactamente como quiero.
Sino porque confío en que sabré responder cuando llegue el momento.
Puedo mirar lejos sin exigirme resolver desde aquí todo lo que encontraré en el camino.
Mientras tanto,
yo tengo este.
Este día cualquiera.
Este departamento al que le falta luz.
El cuarto de mis hijos.
Sus voces con estas edades.
Este cuerpo pidiéndome otro ritmo.
Esta versión de mí que todavía está descubriendo quién viene después.
No me he olvidado de mis sueños.
No he salido de mi visión.
Solo estoy aprendiendo que no todas las direcciones del tiempo tienen que recorrerse hoy.
Quizás dentro de veinte años mire hacia atrás buscando precisamente este momento.
Y entonces entiendo que no necesito regresar a quien fui.
Ni apresurarme para conocer a quien seré.
Esta también es mi vida.
Y hoy,
me corresponde vivirla.
Desde el Amor,
Kari
— Karinna


