La sangre no tiene la última palabra
A veces necesitamos volver a conocer a las mujeres que siempre hemos querido.

Esta mañana voy camino a mi casa de playa.
Esa casa que compré en 2020, apenas unos días antes de que comenzara la pandemia.
Mi pequeño paraíso en el Caribe.
Un lugar donde he visto crecer a mis hijos, donde he compartido tantos momentos felices con mi esposo y donde hemos construido algunos de nuestros recuerdos más bonitos con sus abuelos.

Pero hay algo que, hasta hoy, no había sucedido.
Nunca había compartido este lugar con nadie más de mi familia.
Después de ocho años viviendo en Panamá, mis tías de Miami serán las primeras en conocerlo.
Vinieron por el cumpleaños de mi papá. Y aunque ese fue el motivo que las trajo hasta aquí, para mí su visita tiene también otro significado.
Por primera vez voy a compartir con ellas un pedacito de la vida que he construido lejos de mi familia.
Y estoy emocionada.
Mientras vamos de camino, me viene a la memoria una historia que siempre cuento, aunque nunca he sabido muy bien por qué se quedó tan grabada en mí.
Cuando era universitaria viajé a Japón, donde vivía una prima mía.
Recuerdo que me recibió muy emocionada y me dijo que nadie de nuestra familia había ido a visitarla en veinte años.
Yo era la primera.
No recuerdo haber pensado que estaba haciendo algo extraordinario.
Hasta entonces, no había imaginado cuánto podía significar para alguien recibir una visita de su familia.
Y hoy, tantos años después, vuelvo a recordar aquel encuentro.
Esta vez soy yo quien espera.
Soy yo quien quiere enseñar su casa, compartir sus recuerdos y mostrarles a otras mujeres de su familia el pequeño mundo que ha construido.
Y me pregunto si esto era parte de lo que sintió mi prima aquel día.
Quizás hay visitas que nos hacen sentir que no estamos tan lejos como creíamos.
Y hay algo especial en la relación que tengo con mis tías.
No compartimos la misma sangre, pero sí una historia.
Para mí, siempre han sido familia.
Y una de ellas, en particular, tiene una misión especial en mi vida.
Mi mamá falleció el día de su cumpleaños.
Una coincidencia que nunca he sentido como tal.
Ella también lo sabe. Y a veces me lo recuerda.
Cada vez que la veo, inevitablemente pienso en mi mamá.
No sé todavía qué significa que sus historias hayan quedado unidas por esa fecha.
Pero hay algo que siento profundamente.
Algún día entenderé cuál fue la misión que mi mamá le dejó en esta vida.
Y pienso en lo curioso que es que una mujer con quien no comparto la sangre pueda estar tan profundamente ligada a mi historia.
Y entonces me pregunto qué es lo que realmente nos convierte en familia.
¿La sangre que compartimos o la decisión de seguir presentes en la vida de la otra?
Porque mientras crecemos, la vida también nos va llevando por caminos distintos.
Nos mudamos. Formamos nuestras familias. Construimos nuestras propias vidas.
Y un día descubrimos que sabemos muy poco de aquella prima o hermana con la que jugábamos de pequeñas.
La niña que fue sigue viviendo en algún lugar de nuestro corazón.
Recordamos su risa, nuestras conversaciones, los secretos que compartíamos y esa complicidad que parecía que nunca iba a terminar.
Pero aquella niña creció.
Y nosotras también.
Y quizás, sin darnos cuenta, dejamos de acompañarnos en ese crecimiento.
Seguimos queriendo a la niña que conocimos, pero ya no conocemos a la mujer en la que se convirtió.
Y hay algo profundamente triste en eso.
Porque no necesariamente dejamos de querernos.
Simplemente dejamos de formar parte de nuestras vidas.
Y quizás lo más doloroso es descubrir que seguimos extrañando a alguien que todavía está viva.
A veces, sin darnos cuenta, dejamos de sentirnos familia y empezamos a ser solamente parientes.
Seguimos compartiendo la sangre, los apellidos, las historias de nuestros padres y abuelos.
Pero ya no compartimos nuestras propias vidas.
Y entonces me pregunto si alguna vez podremos volver a encontrarnos.
No para recuperar a las niñas que fuimos.
Sino para conocer a las mujeres en las que nos hemos convertido.
Quizás ya no tengamos las mismas cosas en común.
Puede que pensemos distinto.
Pero eso no significa que no podamos construir algo nuevo.
Y entonces pienso en mis tías.
En cómo llegaron a mi vida a través de otras personas.
Y en cómo hoy estoy emocionada por abrirles las puertas de mi casa.
Porque hay mujeres que llegan a nuestra vida sin compartir una sola gota de nuestra sangre.
Una tía política. Una cuñada. Una amiga de nuestra madre. Una mujer que conocemos por casualidad.
Y, sin embargo, algunas terminan ocupando un lugar profundamente familiar.
Nos acompañan. Nos aconsejan. Celebran nuestras alegrías. Nos abren puertas.
Y un día dejamos de preguntarnos qué parentesco tenemos con ellas.
Porque simplemente sentimos que pertenecen a nuestra vida.
Qué curioso que algunas mujeres con quienes compartimos la sangre terminen siendo parientes, mientras otras, sin compartirla, se convierten en familia.
Durante mucho tiempo pensé que las mujeres que formarían parte de mi historia estaban, de alguna manera, determinadas desde mi nacimiento.
Mi madre. Mis hermanas. Mis primas. Mis tías.
Como si el círculo de mujeres al que pertenecemos estuviera definido por nuestra familia.
Pero la vida me ha enseñado algo distinto.
No todas nacemos rodeadas de las mujeres que necesitamos. Algunas tenemos que salir a encontrarlas.
Y otras veces necesitamos volver a encontrarnos con las que ya estaban.
No creo que una relación tenga que reemplazar a otra.
Creo que nuestro corazón puede hacer espacio para muchas mujeres.
Para las que estuvieron.
Para las que permanecen.
Para las que regresan.
Y para aquellas que todavía no sabemos que necesitamos encontrar.
Pienso nuevamente en mi prima de Japón.
En sus veinte años sin recibir una visita de la familia.
En cuántos cumpleaños habrán pasado.
En cuántas versiones de ella habrán existido durante esos veinte años sin que nadie de la familia llegara a conocerlas.
Y hoy pienso en mis propios ocho años viviendo en Panamá.
En las alegrías que he celebrado.
En las pérdidas que he atravesado.
En los hijos que he visto crecer.
En todas las mujeres que he sido.
Y en cuánto de nuestra vida pueden perderse las personas que amamos cuando dejamos de encontrarnos.
Quizás por eso me emociona tanto esta visita.
Porque mis tías no vienen solamente a conocer una casa.
Vienen a conocer un pedacito de mi historia que hasta ahora no habían podido ver

.
No sé si algún día todas las mujeres de nuestra familia volveremos a estar tan cerca como cuando éramos pequeñas.
Tampoco sé si todas las relaciones que se han enfriado podrán volver a florecer.
Hay vínculos que cambian.
Otros que necesitan distancia.
Y algunos que quizás ya cumplieron su propósito en nuestra vida.
Pero también creo que hay relaciones que siguen esperando una oportunidad.
No para volver a ser lo que fueron.
Sino para descubrir lo que todavía podrían llegar a ser.
Y pienso también en las mujeres que todavía no conozco.
En aquellas que algún día se sentarán a mi mesa, compartirán mis sueños o me ayudarán a construirlos.
Y en las mujeres que estoy comenzando a imaginar como Madrinas de RecibeAmor.
Mujeres con quienes quizás no comparto una historia, pero sí una misión: construir un lugar donde otras mujeres puedan encontrarse.
También podemos elegir a las mujeres con quienes queremos construir algo que nos trascienda.
Y quizás, cuando encontramos a esas mujeres, también podemos convertirnos en el camino por el que otras llegan a encontrarse.
Y vuelvo a pensar en aquella prima que me recibió en Japón.
Durante años recordé su emoción sin entender del todo por qué aquella escena se había quedado conmigo.
Quizás hoy empiezo a comprenderla.
A veces lo que más necesitamos no es que alguien vuelva a ser parte de nuestro pasado, sino que quiera formar parte de nuestro presente.
Y eso es lo que hoy quiero regalarles a mis tías.
Un lugar en mi presente.
Y quizás ellas, sin saberlo, me están regalando lo mismo.
Porque la sangre puede darnos una historia en común.
Pero no puede garantizar que sigamos escribiéndola juntas.
La sangre no tiene la última palabra.
Todavía podemos elegir acercarnos.
Todavía podemos abrir una puerta.
Todavía podemos conocernos de nuevo.
Y quizás, querida hermana, hay una mujer en tu vida que sigue guardando en su corazón a la niña que fuiste.
Una mujer que todavía te quiere, aunque ya no sepa quién eres hoy.
Quizás ha llegado el momento de dejar que te conozca de nuevo.
Desde el Amor,
Kari
— Karinna


