Recibe Amor

La mujer de la que nunca me atreví a hablar

Mi alma necesitaba ponerle una rosa a esa herida.

Cuando recuperé la conciencia, estaba recibiendo una transfusión de sangre.

Minutos antes había estado a punto de morir.

Los doctores no podían asegurarle a mi familia que sobreviviría.

Abrí los ojos y una mujer me tomó de la mano.

—Ya estás bien —me dijo mientras me acariciaba el cabello.

Le pregunté cómo se llamaba.

—Rosa —respondió.

He contado la historia de las mujeres que aparecieron para salvarme.

Pero hubo una de la que nunca me atreví a hablar.

Una mujer de otro tiempo a la que no pude ver, pero cuya presencia sentí cuando mi vida estaba en peligro.

Santa Rosa de Lima.

Para contar esta historia tengo que volver a Puerto Rico, a los últimos meses de vida de mi mamá.

Mi mamá no era devota de Santa Rosa.

Yo tampoco.

Y aunque las dos éramos peruanas, Santa Rosa nunca había sido una presencia cercana en nuestra vida espiritual.

Sabíamos quién era peruana, por supuesto.

Había nacido en nuestra tierra.

Pero no le rezábamos ni teníamos una relación especial con ella.

En aquel momento mi mamá se encontraba muy enferma.

Veníamos de recorrer cinco hospitales.

Ella estaba en su lecho de muerte y nadie quería admitirla.

Hasta que, de pronto, apareció un doctor.

Me escuchó hablar y me preguntó por mi acento.

—Soy de Perú —le respondí.

—Mis padres son peruanos —me dijo.

En una isla lejos de nuestra tierra, aquel encuentro se sintió improbable.

El doctor decidió admitir a mi mamá inmediatamente.

Esa decisión ayudó a que viviera dos meses más.

Dos meses que no curaron su enfermedad, pero que me dieron algo que yo también necesitaba para seguir viviendo:

tiempo para reconciliarme con ella.

En ese momento exacto apareció entre sus cosas una estampita de Santa Rosa.

Mi mamá nunca cargaba estampitas de ella.

Cuando se lo conté, ni siquiera me creyó.

Y así como apareció, después desapareció.

No entendí por qué aquella santa peruana había aparecido en Puerto Rico precisamente cuando intentábamos salvar la vida de mi mamá.

Mucho después supe que Santa Rosa también es venerada allí y que su devoción había cruzado América y otras fronteras mucho antes que yo.

Pero en ese momento lo atribuí a una casualidad.

Una estampita que apareció y desapareció.

Un doctor hijo de peruanos en una isla lejos de nuestra tierra.

Dos meses más para reconciliarme con mi mamá.

Todo podía tener una explicación.

No sabía que Santa Rosa estaba entrando silenciosamente en mi historia, para siempre en el mismo lugar:

el umbral entre la vida y la muerte, la pérdida y la esperanza.

Primero, durante los últimos meses de mi mamá.

Después, cuando fui yo quien estuvo a punto de irse de este mundo.

Perdí a mi hija Roma acabando el primer trimestre de embarazo.

Mi cuerpo se convirtió en el lugar de una batalla que yo no alcanzaba a dimensionar.

Y estuve muy cerca de perder también mi vida.

Tuvieron que hacerme una operación de emergencia.

Era una operación decisiva.

El doctor no podía asegurar que sobreviviría.

Solo repetía que estaba muy preocupado por mí.

En algún momento de aquella noche me fui.

Mi alma salió.

No sé cuánto duró ni hasta dónde llegó.

Solo recuerdo que algo profundamente terrenal me detuvo.

Pensé en mi hijo de un año y medio en aquel entonces.

Pensé en mi esposo.

Y algo dentro de mí quiso regresar.

Cuando por fin recuperé la conciencia después de la operación, todavía estaba saliendo de la anestesia.

Estaba recibiendo una transfusión de sangre.

Una mujer tomó mi mano.

Me dijo que ya estaba bien.

Me acarició el cabello mientras yo intentaba volver por completo a mi cuerpo.

Recuerdo mirarla a los ojos y sonreírle con la poca fuerza que tenía.

Cuando me dijo que se llamaba Rosa, le hablé de Santa Rosa.

Era 23 de agosto cerca de la media noche.

Y mientras esa fecha llegaba a su fin y comenzaba el día 24, los doctores estaban luchando para que yo permaneciera aquí.

Tiempo después comprendí otro detalle.

Santa Rosa había muerto durante las primeras horas del 24 de agosto.

La misma madrugada en la que ella había partido de este mundo, siglos antes, yo estaba regresando.

Esta vez ya no pude llamarlo casualidad.

Sentí que Santa Rosa llevaba tiempo intentando que creyera en su presencia.

Primero se había acercado silenciosamente a la historia de mi mamá.

Después había intercedido cuando mi propia vida estuvo en riesgo.

Desde aquel día no he podido dejar de nombrarla y agradecerle.

Tiempo después le escribí a un sacerdote devoto de Santa Rosa. Viajó desde otro país y pudimos encontrarnos. Le conté mi historia y me dijo que muchos relatos sobre su presencia habían ocurrido precisamente en hospitales.

Sé que hubo un doctor que entendió a tiempo lo que estaba ocurriendo.

Sé que hubo medicina, conocimiento y decisiones urgentes.

Sé que hubo mujeres que aparecieron, me cuidaron y no me dejaron sola.

Pero mi fe también forma parte de lo que ocurrió.

Y ya no quiero separar a la mujer que escribe de la mujer que cree.

Antes de despedirnos, el sacerdote me regaló dos estampitas-reliquia conmemorativas de Santa Rosa.

Eran distintas de la estampita que había aparecido entre las cosas de mi mamá en Puerto Rico.

Cada una contenía un pequeño fragmento de tela que había estado en contacto con una reliquia de Santa Rosa.

Nunca entendí por qué me dio dos.

Durante un tiempo llevé una en mi cartera.

Hasta que un día desapareció.

Estaba en una cafetería a la que iba con frecuencia y conocía a la dueña. Recuerdo haber tenido la estampita conmigo, pero cuando me levanté de la silla ya no estaba.

La buscamos por todas partes.

La dueña continuó buscándola durante varios días.

Nunca apareció.

Recuerdo haber pensado:

Otra vez desapareció en mis manos.

Y aunque al principio me sorprendió que volviera a suceder, también pensé algo:

quizás aquella estampita tenía que llegar ahora a otra persona.

A alguien que la necesitaba tanto como yo la había necesitado antes.

Ese mismo día participé en una reunión con mi psicóloga y otras mujeres.

Y en medio de aquel círculo tomé una decisión:

quería volver a intentar tener un bebé.

La hija que llamé Rosa

Antes de volver a quedar embarazada, viajamos a Lima.

Fuimos al convento de Santa Rosa.

Me acerqué al pozo de los deseos y le pedí una sola cosa:

un bebé.

Tiempo después volví a quedar embarazada.

Cuando me dieron la fecha probable de parto, sentí que todo adquiría sentido.

Era el día de Santa Rosa.

Tuve la certeza de que esa bebé iba a nacer.

Pensé que sería el milagro de Santa Rosa.

Pensé que la vida estaba cerrando el círculo.

Que después de tanta sangre llegaría una flor.

Que aquello que se había roto volvería a mí transformado.

Pero también la perdí.

Fue una pérdida temprana, mucho más silenciosa que la de Roma.

No hubo el mismo tiempo.

No hubo una barriga que otras personas pudieran reconocer.

No hubo un terremoto visible.

Pero se pegó.

Y aunque permaneció poco tiempo dentro de mí, hubo vida.

Hubo una hija.

Hubo una ilusión.

Hubo una fecha en la que imaginé tenerla en mis brazos.

La llamé Rosa.

Porque mi alma necesitaba ponerle una rosa a esa herida.

Como si al nombrarla pudiera decir:

Donde hubo sangre, miedo y vacío, voy a dejar una flor.

Donde casi perdí la vida, voy a recordar que también hubo una presencia que me sostuvo.

Donde quedó una herida sin nombre, voy a poner una señal de amor.

Nunca entendí por qué la fecha probable de parto de Rosa coincidía con el día de Santa Rosa.

Quizás algún día lo entienda.

Rosa estuvo aquí.

Y su vida no fue menos real porque fuera breve.

Frecuentemente lloro y escribo a mi bebé Roma.

Roma fue el terremoto.

La pérdida que partió mi vida en dos.

Rosa fue la grieta fina que quedó después.

Más silenciosa.

Más difícil de mostrarle al mundo.

Una grieta sobre la que aprendí a caminar hasta olvidar, algunas veces, que seguía allí.

Pero Rosa también existió.

Roma fue la herida que me atravesó.

Rosa fue la flor que puse sobre esa herida.

Y Kiara llegó después con su propia luz.

No como reemplazo.

No para reparar a sus hermanas.

No para cargar con la tarea de darle sentido a lo que ocurrió antes de ella.

Llegó para ser simplemente Kiara.

Hace tiempo compré una imagen de Santa Rosa con una bebé en brazos.

La compré antes de perder a Rosa.

Ahora, cuando la miro, pienso que quizá mi alma la eligió antes de saber por qué iba a necesitarla.

Veo la imagen de una mujer sosteniendo lo que yo ya no podía cargar físicamente.

A veces imagino a Santa Rosa con mi pequeña Rosa en brazos.

Algunas veces, cuando necesito imaginar que Rosa no llegó sola a ese lugar que no conozco, pienso en una mujer vestida de hábito recibiéndola en sus brazos.

La muñeca que compré antes de perder a Rosa.

Y pienso que quizás Rosa sí nació el día de Santa Rosa.

Solo que nació en el cielo.

Durante un tiempo sentí que perder a Rosa había roto algo entre Santa Rosa y yo.

Pero mi fe no desapareció.

Fue atravesada por el duelo.

Y una fe atravesada por el duelo ya no es ingenua.

Es una fe que ama y pregunta.

Que agradece y, al mismo tiempo, admite que algo le dolió.

Hoy quiero volver a acercarme a Santa Rosa desde allí.

No intentando negociar con el misterio.

Quiero acercarme a ella como mujer.

Como una mujer de otro tiempo que encontró una fuerza interior inmensa en su relación con Dios.

Una mujer que acompaña.

Que intercede.

Que sostiene en silencio cuando ya no quedan palabras.

RecibeAmor nació para contar las historias de las mujeres que aparecen cuando más las necesitamos.

Durante mucho tiempo pensé únicamente en las mujeres a las que podía abrazar, llamar o sentar frente a mí.

Hoy entiendo que mi historia también está habitada por otras.

Mujeres que vivieron antes que yo.

Mujeres santas.

Mujeres cuya presencia no puedo demostrar, pero tampoco negar.

Santa Rosa fue una de ellas.

Puedo agradecerle por haberme acompañado y también decirle que me dolió no entender.

Puedo seguir creyendo sin obligarme a encontrar una explicación perfecta.

Hoy mi oración se parece más a una conversación honesta:

Santa Rosa, camina conmigo como mujer.

Ayúdame a reconciliarme con mi cuerpo, con mi maternidad, con mi fe y con las mujeres.

Sostén en Dios a mis hijas del cielo.

Ayúdame a sostener con Amor a mi hija de la tierra y enseñarle a ser mujer.

Enséñame a soltar la culpa.

Enséñame a confiar sin pedirle a Dios que me explique todo.

Y cuando vuelva a olvidar a Rosa porque su paso fue demasiado breve y silencioso, ayúdame a recordarla con ternura.

No necesito llorarla para saber que existió.

Solo necesito poder decirle, de vez en cuando:

No te olvidé.

Solo me dolía demasiado pensar en ti .

Con Amor,

Kari de @recibeamor

P. D. Las vidas breves también dejan símbolos eternos.

Karinna

Leerla y comentarla en Substack

Si una carta te nombró, la próxima te llega a ti.

Una carta cada viernes, gratis. Llega por Substack, que te pedirá confirmar tu correo.

Sigue leyendo

Todas las cartas

Sigue leyendo