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· Tribu

Las mujeres que me salvaron la vida

Lo que tardé cuatro años en comprender sobre el día que sobreviví.

Ese día sobreviví. Pero volver a la vida me tomó mucho más tiempo.

Y hace unas semanas empecé a sentir que algo en mí se había apagado.

No sabía qué era.

Durante casi tres semanas me vestí de gris. Gris, negro, colores apagados. Yo, que amo vestirme de colores. Dejé de disfrutar cosas que normalmente me hacen feliz. Me sentía triste, desconectada, como si de pronto hubiera perdido la alegría y el disfrute de estar viva.

Y lo más extraño era que no sabía por qué.

No había ocurrido nada.

Mi vida estaba bien.

Hasta que miré la fecha.

Agosto.

Y entendí.

Mi cabeza lo había olvidado por un momento, pero mi cuerpo no.

Hace cuatro años pensé que sobreviví porque fui fuerte.

Hoy ya no estoy tan segura.

He contado antes lo que ocurrió aquellos días de agosto de 2022.

La pérdida de Roma y mi experiencia cercana a la muerte. El doctor que entendió a tiempo lo que estaba pasando con mi cuerpo y me salvó la vida.

Durante mucho tiempo, cuando regresaba a esta historia, recordaba los acontecimientos grandes. Y, sobre todo, pensaba en mi héroe: el doctor Pinilla que entendió a tiempo lo que estaba pasando con mi cuerpo y me salvó la vida.

Y lo fue. Siempre voy a estar agradecida con él.

Pero últimamente he empezado a recordar otras cosas.

Cosas que entonces casi no registré.

Una comida.

Una maleta.

Un ramo de flores.

Una mano.

Una mujer que me miró y no creyó cuando le dije que estaba bien.

Y he empezado a entender aquella historia de una manera diferente.

Durante años conté esta historia diciendo que estuve sola. Y esa sigue siendo mi verdad.

Estuve sola en los días más dolorosos de mi pérdida. No sabía cómo pedir ayuda. Ni siquiera sé si entendía que la necesitaba. Seguía funcionando porque pensaba que eso era ser fuerte.

Pero hay una parte de la historia que no había sabido mirar hasta ahora.

En esos días pasó algo más que nunca había contado.

Ana, una consteladora vino a mi casa.

Me sugirió constelar mi linaje femenino.

Pero yo le dije que no.

Yo quería constelar a mi papá.

Lo veía, quería entender nuestra relación, quería encontrar una manera de llevarme mejor con él en ese momento de nuestras vidas.

Así que elegí lo masculino.

Y en medio de la constelación, me desmayé.

Lo siguiente que recuerdo es escucharla gritar:

“¡Auxilio! ¡Auxilio!”

Mi esposo y la señora que trabajaba en casa llegaron corriendo para asistirme.

Hoy pienso en esa escena y hay algo que me conmueve.

No sé qué significado tuvo aquel desmayo dentro de una constelación. Mi cuerpo ya venía atravesando demasiado.

Pero sí sé algo que entonces no podía ver.

Me habían invitado a mirar mi linaje femenino y yo había elegido mirar hacia mi papá.

Y, sin embargo, en las horas que siguieron, lo femenino empezó a aparecer a mi alrededor de una manera que tardaría años en comprender.

Una mujer que gritó pidiendo ayuda.

Otra mujer que llegó a asistirme.

Después vendrían otras.

Mujeres que me mirarían y no creerían cuando yo dijera que estaba bien.

Mujeres que, de distintas maneras, terminarían ayudándome a volver.

El día en que mi vida estuvo en riesgo, las mujeres empezaron a aparecer.

Habían pasado cinco días desde que pari a Roma.

Cinco días en los que seguí haciendo cosas en casa.

Convulsioné. Me desmayé. Me desangré. Parí a mi bebé.

Y, aun así, hubo un momento en que me sentí un poco mejor.

Así que hice algo que hoy me cuesta incluso comprender.

Me comí una pizza.

Recibí en casa a unos amigos que habían venido precisamente para que yo pudiera ir al hospital.

Y les dije que no.

Que ya me sentía mejor.

Seguí en casa.

Seguí ocupando mi cabeza.

Resolviendo.

Incluso estaba diseñando el baño del apartamento al que acabábamos de mudarnos.

Pensando en colores, en detalles, y cosas que debia comprar.

Diciéndome que mientras estaba en reposo absoluto, aun podia ser productiva desde casa. Hasta ponía cursos para escuchar mientras descansaba.

Hoy he leído historias de mujeres que, después de una pérdida o de un aborto incompleto, no recibieron atención médica a tiempo y murieron.

Y cada vez que leo una historia así pienso en mis cinco días.

En la cantidad de sangre que había perdido.

Recuerdo los charcos de sangre.

Ya ni siquiera usaba toallas sanitarias. Usaba esos pañales de adulto que yo llamaba “pañales de abuela”.

Y en medio de todo eso, había otra realidad que tampoco se detenía:

yo seguía siendo mamá.

César Aurelio era todavía muy pequeño.

Mi cuerpo me pedía parar, yo acababa de perder a mi bebé, y aun así había otro hijo que seguía necesitando a su mamá.

Hoy escribo esto y me cuesta entender cómo pude mirar aquello y seguir diciéndome que estaba bien.

Y en que, aun así, yo seguía intentando funcionar.

A veces regreso mentalmente a esa casa y veo a aquella mujer.

A mí.

Y quisiera preguntarle:

¿Por qué necesitabas ser fuerte también para esto?

¿Por qué descansar tenía que esperar?

¿Por qué pedir ayuda parecía más difícil que seguir haciendo cosas?

¿Por qué confundimos tantas veces ser fuertes con aguantar?

Y entonces apareció Lieska, una mujer que habia perdido a su bebe con nueve meses de embarazo.

La acababa de conocer. Y, sin embargo, horas después, en el hospital, me preguntarían si era mi hermana, por nuestro parecido físico y por la cercanía con la que me acompañaba.

Ella tenía un bebé lactante y lo dejó por primera vez para venir a verme.

Llegó a mi casa con un libro que se llamaba Mi bebé estrella.

Nos sentamos a conversar.

Y yo hasta conversaba.

Respondía.

Probablemente hasta parecía bastante entera.

Pero Lieska me miró.

De verdad me miró.

Me veía demasiado pálida.

Algo no le cuadraba entre la mujer que tenía delante diciéndole que estaba bien y lo que mi cuerpo estaba mostrando.

Así que insistió.

Llamó a su doctor y le contó lo que estaba pasando.

Su doctor le dijo que aquello podía perder el utero o morirme.

Que teníamos que ir a urgencias.

Lieska entendió la gravedad de lo que estaba pasando antes que yo.

Y entonces hizo algo que durante mucho tiempo ni siquiera recordé como una parte importante de esta historia.

Me ayudó a hacer la maleta.

Sabía que probablemente no volvería a casa esa noche y puso mucho ropa.

Que me iban a hospitalizar.

Que iba a necesitar mis cosas por varios dias.

Mientras yo todavía intentaba comprender lo que estaba ocurriendo, otra mujer estaba guardando mis cosas en una maleta.

Hoy esa imagen me conmueve muchísimo.

Porque yo llevaba cinco días diciéndome que estaba bien.

Lieska necesitó unas horas para darse cuenta de que no lo estaba.

A veces necesitamos que otra mujer nos mire cuando nosotras ya no sabemos mirarnos.

Llegamos al hospital.

Un doctor entendió lo que estaba ocurriendo y me salvó la vida.

Nunca voy a dejar de agradecerle.

Me hicieron una transfusión de sangre , una operacion de urgencias y mi cuerpo empezó, finalmente, a recibir lo que llevaba días necesitando.

Pero mientras mi cuerpo era atendido, apareció otra mujer.

Una psicóloga perinatal llegó hasta el hospital para verme.

No tuve que salir de ahí.

No tuve que pedir una cita para semanas después.

No tuve que esperar a sentirme mejor para buscar ayuda.

La ayuda llegó hasta donde yo estaba.

Se sentó conmigo durante casi dos horas.

Me escuchó.

Y también me contó su historia.

Me habló de las pérdida que ella misma había vivido en su embarazo de sus mellizos.

Aquel día no necesitaba solamente que alguien entendiera mi duelo desde los libros o desde su profesión.

Necesitaba saber que la mujer sentada frente a mí conocía, de alguna manera, ese lugar.

Mientras un doctor intentaba devolverle estabilidad a mi cuerpo, otra mujer se sentó conmigo a acompañar lo que acababa de romperse por dentro.

Y hubo también una enfermera.

No recuerdo exactamente qué me dijo.

Recuerdo cómo me hizo sentir.

Maternada.

Yo acababa de perder a mi bebé.

Mi cuerpo estaba luchando por sobrevivir.

Y en medio de todo aquello, una mujer me cuidó de una manera que sentí que iba más allá de lo médico.

Recuerdo su mano.

Una mano.

A veces eso es todo lo que podemos ofrecerle a otra mujer.

Y a veces es muchísimo.

También recuerdo a dos amigas que fueron a visitarme.

Llegaron con flores.

Todavía puedo recordar la sensación de verlas entrar.

No podían cambiar lo que había pasado.

No podían devolverme a Roma.

No podían hacer que mi cuerpo estuviera bien de un momento a otro.

Pero estaban ahí.

Durante mucho tiempo recordé el hospital por la transfusión, por el miedo, por todo lo que había ocurrido.

Ahora recuerdo también las flores.

Y hubo otras formas de cuidado que en ese momento ni siquiera tenía espacio para mirar.

Yo tenía un hijo de un año y ocho meses.

Mi papá estaba cuidándolo para que mi esposo pudiera estar conmigo en el hospital.

Y una amiga fue a cocinarle a mi papá.

Parece una cosa pequeña.

Preparar comida.

Pero mientras mi familia intentaba sostenerme a mí, alguien estaba sosteniendo una parte de nuestra vida cotidiana.

Alguien pensó en algo tan sencillo como qué iba a comer mi papá para que él pudiera cuidar a mi hijo y mi esposo pudiera permanecer a mi lado.

Alguien sostuvo una parte de nuestra vida para que nosotros pudiéramos sostener otra.

Y todavía recuerdo a otra mujer.

Una recepcionista.

En algún momento se acercó a mi esposo y le dijo que lo sentia mucho y que deseaba que algun dia tengamos otro bebé.

Ella no podía saberlo.

Nosotros tampoco.

Yo ni siquiera podía imaginar en ese momento cómo sería mi vida después de aquello.

Pero esa mujer se atrevió a pronunciar vida cuando nosotros estábamos rodeados de muerte.

Hoy pienso en todas ellas.

En la mujer que cocinó.

En las amigas que llegaron con flores.

En la mujer que dejó por primera vez a su bebé lactante para venir a verme.

En la mujer que hizo la llamada decisiva a su doctor que yo no estaba haciendo.

En la psicóloga que llevó su propia historia hasta mi habitación.

En la enfermera que sostuvo mi mano.

En la recepcionista que se atrevió a hablarnos de otro bebé cuando acabábamos de perder uno.

Eran pequeños susurros de mujeres alrededor de una mujer que se estaba apagando.

Durante mucho tiempo pensé que había sobrevivido porque había sido fuerte.

Porque aguanté.

Porque seguí.

Porque mi cuerpo resistió cinco días.

Hoy lo veo de otra manera.

Quizás sobreviví cuando finalmente ya no pude hacerlo sola.

Cuando otra mujer me miró y dijo: esto no está bien.

Cuando alguien hizo por mí lo que yo ya no podía hacer: una llamada, una maleta, ayudarme a llegar al hospital.

Cuando alguien llegó hasta mi habitación para escucharme.

Cuando otras mujeres cuidaron las partes de mi vida que yo ya no podía sostener.

Cuando alguien se atrevió a imaginar un futuro que yo todavía no podía ver.

Quizás aquella mujer que fui no necesitaba aprender a ser más fuerte.

Ya había sido fuerte durante demasiado tiempo.

Necesitaba dejarse sostener.

Y quizás por eso, cuatro años después, cuando pienso en el día en que volví a la vida, ya no pienso solamente en el doctor que me salvó.

Pienso también en ellas.

En las mujeres que aparecieron cuando mi vida estuvo en riesgo y no tenia a mi familia cerca.

En las que hicieron cosas enormes.

Y en las que hicieron cosas aparentemente pequeñas.

Porque aquel día una comida fue amor.

Una maleta fue cuidado.

Unas flores fueron presencia.

Una mano fue refugio.

Una historia compartida fue compañía.

Y una mujer que realmente me miró ayudó a salvarme la vida.

Durante años pensé que esta era una historia sobre todo lo que fui capaz de soportar.

Ahora sé que también es una historia sobre todas las manos que aparecieron cuando finalmente ya no podía sostenerme sola.

Quizás volver a la vida también fue eso: dejar que otras mujeres me sostuvieran.

Ese día no volví a la vida.

Eso me tomaría mucho más tiempo.

Pero ese día sobreviví.

Y no sobreviví sola

PS: Esta historia también tiene la voz de Lieska, la mujer que se convirtió en mi ángel de la guarda y me salvó la vida.

En el nuevo episodio de RecibeAmor volvemos juntas al día en que nos conocimos, en medio de la pérdida, cuando ella comprendió antes que yo que mi vida estaba en peligro. Una historia inesperada que nos conectó en la tragedia y que, con el tiempo, también nos llevó hacia la esperanza.

🎙️ Lo que cargamos solas: perder un bebé.

Karinna

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